Archivo mensual: septiembre 2011

Me como el mundo aliñao

Reutilizo este título de una canción para resaltar uno de los aspectos más positivos dentro de una experiencia viajera: comer. Comer es viajar al igual que leer también lo es pero hoy aquí se habla de comida.

Comer es viajar y comiendo se conoce culturalmente al pueblo al que se visita. Es como la marca registrada de cada cultura. Muchas de las costumbres y fiestas, la personalidad de las gentes se entienden gracias al factor culinario al que están ligados. El té inglés de las 5 de la tarde, el asado chileno, la pasta italiana, las conservas portuguesas…

“¿Qué es lo que se come aquí?” preguntaría una persona que presenta un espíritu viajero nada más poner un pie en suelo foráneo. Con toda seguridad se lance a la aventura de tomar ese o aquel plato único y típico del lugar. Porque ¿quién viaja sin darse un placer gastronómico? Está bien, quitemos aquellos que siguen buscando las tapas españolas por allá adonde van y los que con un bocata o una porción de pizza se conforman. Tenemos otro grupo, alternativo por otro lado, que desayuna, almuerza y cena en los salones de un rey que compite con la gran “M” amarilla y radiante por un reino de fritanga y grasa.

Chopsuey de cerdo con verduras, moussaka, cous-cous, sushi, chutney de mango… tanta es la variedad de platos como países hay en este mundo. La lista se alargaría llegando a lo inclasificable. Las posibilidades de viajar comiendo se multiplican con el hecho de llevarse a la boca algo de otro país. Se viaja aunque no nos movamos del comedor de nuestra casa. Todo eso nos lo podemos comer o intentar tener una experiencia similar, nunca es como en el lugar de origen, que nos transporte a conocer escenarios, pueblos, olores, calles y rincones que incluso no hemos llegado a visitar ni nunca visitaremos. Pero el sabor queda grabado en nuestro imaginario.

Por eso invito a comerse el mundo con un poquito de aceite, sal y pimienta o sin aliñar. Que uno escoja los ingredientes, productos y sabores de esa carta interminable y se deje llevar por cada bocado. Probar, degustar, devorar,… todo una invitación a comer, a viajar.


Flatiron

En medio de tanto tráfico y semáforos hay una isleta de sillas de aluminio. Toma asiento en este pedacito de tierra adornado con macetas e intenta que el ruido, que puede ser ensordecedor, no moleste a tu vista, único sentido válido en este momento. Estás en la intersección de Broadway con la Quinta. Alza tu cabeza y enmudece. Saluda al rascacielos más bonito de Manhattan.


Fundido a negro

Esta noche de sábado una falla en el sistema eléctrico chileno provocó un corte de luz a nivel nacional. Las luces se desvanecieron desde la cuarta a la séptima región por algo más de una hora. Pareció que por un instante regresaba el toque de queda a las calles de Santiago y que el carrete tendría que ser clandestino. La Inmaculada Concepción que corona el cerro de San Cristóbal se sumió en la oscuridad junto con la cruz de la empresa de aspirinas Bayer o el colorado luminoso de Claro, insignia de unos de los edificios de plaza Italia.
La Alameda era una carretera secundaria donde las micros (autobuses) y coches intentaban averiguar el signo de los semáforos mientras todo el tráfico se reducía a un slowmotion continuado.
 
Cuando el apagón llegó yo estaba en casa. Eran las ocho y media. Aurora, mi compañera de piso, y yo cenábamos unas empanadas de pino que ella mismo se había encargado de hacer en la tarde. Allí estaba yo peleándome con el hueso de la aceituna negra cuando alcé la vista.
Mi sitio en la mesa del comedor se orienta al poniente. Las torres de San Borja se apagaban progresivamente. Mi cara pareció congelarse por un milisegundo, el mismo en el que tardó nuestra lámpara del salón en perder potencia. OSCURO. Agarré el extremo de la mesa con mi mano derecha y solté como pude: “¿terremoto?”. Aurora río.

Nuestra conversación se paró ante mi sorpresa de ver cómo “el apocalipsis” se acercaba desde el oeste hasta nuestro edificio y se colaba por nuestras ventanas. En ese instante mi cara tuvo que materializar la extraña sensación de encontrarse con lo desconocido y ella supo que algo pasaba. Fueron dos o tres segundos de patetismo concentrado en el que no dije nada y como persona que nunca vivió un sismo pensé en que iba a ser sacudido en una cuenta atrás que nunca arrancó. Supongo que en mi mente yo vi, como en una de esas películas catastrofistas, cómo el temblor se acercaba hasta llegar al protagonista, en este caso yo, y sorprenderlo. “Si viene te sacude no más. No avisa”


Homesick

Siempre que viajo a cualquier ciudad me imagino eligiendo sitio para una estancia permanente pero no definida. Como si fuese un corresponsal recién llegado, busco una zona que se asemeje a mis intereses y que ligue con mis gustos. Siempre cercana al centro de la urbe pero a la vez que sea un ecosistema diferente, tranquilo y que tenga personalidad. 
En Londres esa zona es Bloomsbury. Todo ese área que se concentra desde la estación de metro de Holborn hasta la de Euston. No es que yo haya sido nunca un londinense, no hice un Erasmus allí y ni conozco los límites de esa zona que acabo de mencionar.

Sin embargo, he visitado mucho la ciudad y cada vez que voy tengo la oportunidad de acercarme a este barrio y ver cómo hay algo que me atrapa. Repito que no he tomado ningún americano en cualquiera de sus cafés, ni he tenido la ocasión de disfrutar de la vida cotidiana de sus calles. Sólo he paseado y me he hospedado en un enorme y conocido hostal en Tavistock Place. Como mucho podría añadir mis minutos sentado en un banco de los jardines de Russell Square pero poco más. Quizás es simplemente eso. Pero es suficiente para sentir que dispuestos a pensar que viviera en Londres, me encantaría vivir ahí. Otra cosa es el cómo pagar el alquiler.

Por cierto, otra de las razones por las que me atrae este lugar es porque existe un museo que acoge a miles de turistas. Excursiones y manadas de estudiantes de escuelas de verano acuden ahí sin ningún tipo de interés. Si me instalase en Bloomsbury ya me imagino acudiendo al famoso recinto antes de la hora del cierre cuando todo está calmado y los guardas se miran para terminar la faena. Yo, furtivamente, me acerco a una Piedra Rosetta que descansa de un largo día y me siento a mirar los restos traídos del Partenón. Entonces el agente de seguridad interrumpe mi encuentro con los mármoles y me invita a marchar. Ahí es cuando recuerdo que el British Museum nos cuenta una historia de cómo saquear países enteros sin ningún remordimiento. Y yo soñando que vivo ahí y ellos que vuelven a casa.


Le cittá del tufo

La señora Meduri trabaja en Pitigliano como profesora de francés. Antonella, así es como se llama, conduce hasta esta pequeña localidad a algo menos de dos horas de su costera Follonica, lugar donde reside. Visitamos “la ciudad de la toba” un sábado a la mañana. El curso casi había terminado pero Antonella tenía que echar unas horas con sus alumnos y aprovechamos para visitar el hermoso pueblo toscano.

Nunca había sentido tanto miedo en un viaje en coche como en ese día. Sentado delante, de copiloto, veía como el paisaje pasaba a algo más de 140km a la hora. Ivan, mi compañero de andanzas veraniegas en Cambridge y guía en esta aventura toscana, iba sentado atrás mientras veía cómo su madre se transformaba en aquella Marge Simpson que conduce el rojo Canyonero. Líneas continuas que se convertían en discontinuas y adelantamientos de Fórmula Uno. La autopista era nuestra, mejor dicho de ella. Pero la autopista terminó.
La señal a Pitigliano indicaba un camino a la izquierda. Giramos y nos adentramos en una carreterita de un solo sentido, plagada de baches, resaltos y en muchos tramos de tierra. Yo aguantaba mis suspiros que se materializaban en los mio dio de Ivan. Una hora de curvas, ángulos imposibles y cambios bruscos de marchas. “Imagínense cómo es esto en invierno con todo nevado” dijo Antonella cuando vi la muerte allá a lo lejos.
 
Di gracias por haber tomado únicamente un expresso al salir temprano de Follonica porque ya me imaginaba haciendo mención al salpicadero.  De repente, Antonella nos ordenó que cerrásemos los ojos. Pensé que era broma pero accedí peleándome con una parte de mí.
“Ya pueden abrirlos”.
 
Pitigliano no se alcanza a ver desde lejos. Hay que aproximarse a ella y tras nos cuantos giros a derecha y a izquierda que esconden la localidad, el viajero puede disfrutar de una panorámica espectacular. Un pueblo que se sitúa en lo alto de una colina. Imponente.
La carretera que facilita el acceso al centro de la ciudad parece como ese río que baja de las montañas y que los parvularios pintan en sus folios desnudos. Serpenteante y empinada.
Este pueblo dentro del territorio grosetano está construido en toba, tufo, una piedra caliza cuyo significado desconocía.
La RAE me ayudó a descubrir aquel material que le proporciona el nombre de cittá del tufo. Parece sacada de un cuento, de un escenario típico de Tolkien en el que se alzan casas excavadas en la roca mientras que en las cuevas situadas en la parte baja de la colina se realiza y se conserva el famoso vino de esta localidad.
Paredes llenas de desconchones que juegan con enredaderas y hiedras para dejarse ver. Pasajes estrechos y laberínticos repletos de geranios que cuelgan de esta y aquella ventana, poniendo la nota de color a un pueblo que en su interior es gris. Una tristeza que contrasta con el color anaranjado de la toba cuando recibe los rayos del sol. Un mar de ventanas verdes y marrones.
 
Pitigliano es un lugar donde lo artificial se conjuga con lo natural formando una fisionomía atractiva para cualquier viajero que quiera dejarse llevar por su espíritu etrusco y medieval. Es una cajita de sorpresas situada en la Alta Maremma donde cada calle sin salida es una invitación a un mirador para contemplar a vista de pájaro lo que queda más allá del precipicio.


El Dieciocho*

Aquí me tiene por fiestas patrias.
No es el traje apropiado pero perdone, soy extranjero. Aún así no soy nada cuico.
Blanco como la cordillera, no me olvidé del pañuelo.
Ya pasó agosto y se puso guapa. De azul y rojo se pintó la cara.
Es tan sólo un piropo que no vengo a robarle a sus minas.
Me porto bien y me cuido con el copete.
Venga que le invito a la fonda.
Yo zapateo con el Trujillo pero le prometo que no alargo el carrete.
Usted la baila, yo lo intento. No pretenda que sepa cueca.
Tomemos juntos este pisco para bajar el choripán con marraqueta
No se haga la remolona y cánteme algo de Víctor Jara.
¿Qué no se sabe ninguna? ¿Qué tal si da la gracias a la vida como la Parra?
Apalabremos el trato. Por unas lucas yo lo pruebo y si me gusta, me quedo.

“Ya se jue el mes de agosto
lah gatah con permanente
se pintan un rayo ´e sol
para verse diferente” 

“Ya se fue el mes de agosto”, Cuecas. Roberto Parra

*¿Qué es El Dieciocho? www.periodismodeviajes.org/2011/09/15/información-qué-es-el-dieciocho/#permalink


Alfama, historias tendidas en los cordeles

Cada junio en Lisboa, Antonio, Juan y Pedro salen a fin de semana por festejo.
Alfama se llena de trajes de época. Procesiones y estandartes de colores. Y en la parrilla: sardinas.
Altares de papel maché y vino verde para atenuar la sed.