Bicicletas que se hacen el amor

Cambridge no es un conjunto de colleges y paseos en barca. Ni la rivalidad con la archienemiga Oxford. Cambridge no es sólo King´s College y su capilla que saludan al visitante mientras se llevan todas las fotografías. No lo es porque ni St. John ni Trinity parecen estar celosos. No es sólo su Festival de Folk o una ciudad plagada de escuelas de verano donde se intenta que los niños lleguen de preliminary a advanced en tiempo récord. Tampoco es un activity leader que tediosamente encabeza una manada de estudiantes hacia la plaza del mercado (Market Sq.) meeting point habitual. No es un staff room desordenado ni una llamada al eficiente 715 715, “Good Evening Panther taxis”. Cambridge no es la espera del turno en la cola del Sainsbury de la calle Sidney ni una exhibición en el museo Fitzwilliam. No es una sudadera serigrafiada con UNIVERSITY OF CAMBRIDGE ni obviamente un botellón italoespañol importado que se cita en Parker´s Pierce, lugar éste, donde se inventó el fútbol. Cambridge no es el paso del tiempo en un reloj dorado, que da las horas a los pies de un saltamontes donado por Stephen Hawking. No es un americano en Café Rouge. Me niego a pensar que Cambridge es Wetherspoon y su música. Y sus bebidas en vasos de plástico ni sus niñas de reciente cumplida mayoría de edad. Y sus faldas cortas.

Cambridge es un picnic en los jardines traseros de los colleges, más conocidos como the Backs. Es un expresso y el tiempo detenido en CB1. Es un quiz night en The Alma acompañado de fríos chicharrones (pork scratchings) o una velada de folk en Hopbine. Otra opción es una checa y fría Staropramen en The Flying Pig. Cambrige es una vuelta a casa con parada obligatoria en el City Kebab para devorar unas cheese&chips o lo que es lo mismo, patatas fritas con queso. Es un mash&sausages en The Eagle y un banana flapjack de postre en Benet´s. Es Fopp y las horas entre discos y películas. Cambridge es Mill Road y la niña de vestido colorido que lee el periódico y fuma a solas. Es un texto con grandes cantidades de palabras en cursiva. Es el Declaration of Dependence de Kings of Convenience que suena en bucle y una Magners con mucho hielo. Cambridge es bicicletas enganchadas que se hacen el amor. O por lo menos es el Cambridge en el que yo vivo.

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