Le cittá del tufo

La señora Meduri trabaja en Pitigliano como profesora de francés. Antonella, así es como se llama, conduce hasta esta pequeña localidad a algo menos de dos horas de su costera Follonica, lugar donde reside. Visitamos “la ciudad de la toba” un sábado a la mañana. El curso casi había terminado pero Antonella tenía que echar unas horas con sus alumnos y aprovechamos para visitar el hermoso pueblo toscano.

Nunca había sentido tanto miedo en un viaje en coche como en ese día. Sentado delante, de copiloto, veía como el paisaje pasaba a algo más de 140km a la hora. Ivan, mi compañero de andanzas veraniegas en Cambridge y guía en esta aventura toscana, iba sentado atrás mientras veía cómo su madre se transformaba en aquella Marge Simpson que conduce el rojo Canyonero. Líneas continuas que se convertían en discontinuas y adelantamientos de Fórmula Uno. La autopista era nuestra, mejor dicho de ella. Pero la autopista terminó.
La señal a Pitigliano indicaba un camino a la izquierda. Giramos y nos adentramos en una carreterita de un solo sentido, plagada de baches, resaltos y en muchos tramos de tierra. Yo aguantaba mis suspiros que se materializaban en los mio dio de Ivan. Una hora de curvas, ángulos imposibles y cambios bruscos de marchas. “Imagínense cómo es esto en invierno con todo nevado” dijo Antonella cuando vi la muerte allá a lo lejos.
 
Di gracias por haber tomado únicamente un expresso al salir temprano de Follonica porque ya me imaginaba haciendo mención al salpicadero.  De repente, Antonella nos ordenó que cerrásemos los ojos. Pensé que era broma pero accedí peleándome con una parte de mí.
“Ya pueden abrirlos”.
 
Pitigliano no se alcanza a ver desde lejos. Hay que aproximarse a ella y tras nos cuantos giros a derecha y a izquierda que esconden la localidad, el viajero puede disfrutar de una panorámica espectacular. Un pueblo que se sitúa en lo alto de una colina. Imponente.
La carretera que facilita el acceso al centro de la ciudad parece como ese río que baja de las montañas y que los parvularios pintan en sus folios desnudos. Serpenteante y empinada.
Este pueblo dentro del territorio grosetano está construido en toba, tufo, una piedra caliza cuyo significado desconocía.
La RAE me ayudó a descubrir aquel material que le proporciona el nombre de cittá del tufo. Parece sacada de un cuento, de un escenario típico de Tolkien en el que se alzan casas excavadas en la roca mientras que en las cuevas situadas en la parte baja de la colina se realiza y se conserva el famoso vino de esta localidad.
Paredes llenas de desconchones que juegan con enredaderas y hiedras para dejarse ver. Pasajes estrechos y laberínticos repletos de geranios que cuelgan de esta y aquella ventana, poniendo la nota de color a un pueblo que en su interior es gris. Una tristeza que contrasta con el color anaranjado de la toba cuando recibe los rayos del sol. Un mar de ventanas verdes y marrones.
 
Pitigliano es un lugar donde lo artificial se conjuga con lo natural formando una fisionomía atractiva para cualquier viajero que quiera dejarse llevar por su espíritu etrusco y medieval. Es una cajita de sorpresas situada en la Alta Maremma donde cada calle sin salida es una invitación a un mirador para contemplar a vista de pájaro lo que queda más allá del precipicio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: