Archivo mensual: octubre 2011

La ciudad agarrada al pueblo

¿Carmona? ¿Te llevaron al Parador?
He oído muchas veces esto. Incluso me hace gracia porque es cierto. No hay nadie que no vaya a Carmona acompañado de alguno del lugar y no visite el Parador Nacional de Turismo. Y es que los carmonenses se sienten orgullosos de lo que fue en su día un teatro romano venido abajo por el terremoto de 1504. Desde allí se obtienen las mejores vistas de la vega. Los colores de los cultivos se alternan en todos los nombres del marrón, del verde, del amarillo y del naranja.

Carmona, desde su meseta, contempla el paso del tiempo. Se envejece poco a poco, orgullosa. Recuerda cuántos pasaron por sus puertas: cartaginenses, romanos, visigodos, musulmanes… conservando una combinación cultural que sigue latente entre sus casas encaladas con balcones llenos de geranios y sus iglesias. Es una ventana para asomarse a tiempos de Cartago cuando la Puerta Sevilla era el conjunto defensivo que protegía a la ciudad o cuando el Álcazar de la Reina era otro balcón a la vega, privilegio hoy de los alumnos de primaria del Colegio Pedro I. Los romanos asentaron su foro en la plaza San Fernando y su “ciudad de los muertos” fue descubierta de casualidad cuando se construía la carretera hacía Sevilla. La acrópolis de Carmona es una de las más antiguas de la Península y fue abierta al público hace más de 125 años.

Había pasado seguramente los quince, no estoy seguro de las fechas ni los años, cuando mis abuelos maternos vinieron a vivir a casa. La historia es larga pero no viene al caso. Lo que sí interesa es que fue en esa época cuando mi familia dejó de ir con asiduidad a Carmona. Todavía recuerdo a mi hermano sentado a mi izquierda, mi padre al volante y mi madre de copiloto. Eran algo más de veinte minutos pero a veces se me hacían eternos. Ahora, algo más crecido y con carné de conducir, intento visitar de vez en cuando esta localidad situada a unos 30 kilómetros de Sevilla y es entonces cuando me doy cuenta de los lazos, invisibles, que me atan por dentro a la misma.

Sus gentes, sus cosas de pueblo, sus saludos a grito pelao, el señor que vende en verano una bolsa de higos chumbos a un euro. Añoro sus calles desordenadas por donde suena el viento. El adoquinado y los guijarros que incomodan el andar de los que acostumbramos a caminar por aceras bien pavimentadas. El Mingalario y sus montaditos, el puesto de churros de La Bella en el paseo. Sus viejos sentados a la sombra del Teatro Cerezo. Sus viejas cargadas de bolsas que bajan del Mercado de Abastos por la calle San Felipe. Los niños que corren por la Plaza Arriba. El chorrito de agua que mana junto a la Puerta Córdoba. El bar de mi tío. Incluso ahora que dejé mi fe tirada en la cuneta, me acuerdo de cuando me levantaba con ilusión a las 5 de la mañana para hacer con mi abuela el Rosario de la Aurora de la Virgen de Gracia en el mes de septiembre. O cuando mi abuelo me retaba a ver si era capaz de nombrar todas las iglesias por el campanario; San Pedro, San Bartolomé, Sta. María, Santiago…

Carmona es auténtica. Es esencia. Es una ciudad desde 1630 con raíces de pueblo, con una historia que supera cualquier definición que desee nombrarla como una o como otro. Es esa atalaya que saluda al viajero que conduce por el valle del Guadalquivir dirección Córdoba, Madrid. Dirección Sevilla, Cádiz.


María de las Flores

Fachada María de las Flores, Florencia

Negra, blanca, rosa, verde… Sus colores se enraízan en las retinas a pesar de ser un día lluvioso y nublado. El paso de los años se materializa en las postillas negras que se adhieren a sus paredes.
En el atardecer, el sol hace justicia. Mejor tarde que nunca, como dice el refrán, las nubes se retiran. María de las Flores se pone guapa. Enamorada por los piropos del viajero, se sonroja.


Corel

Pueblecito de la precordillera.
Piar de pájaros. Suena el paso de la corriente de agua.
Aire limpio y puro. Camino perdido.
Tierra y olor a humo y a madera.
Manos curtidas y niños con churretes.
Juan Emilio vigilando el “mono” para el carbón.
Una Chrevolet roja del 91.
Pozo ciego. Entibia agua pá asearme.
Un granero y un corral.
El señor Lalo y su hablar cantadito sin modular.
Pulga, un perro fiel.
Dos chanchos. Otro perro. Tres gatos.
Una yegua. Dos potrancas. Un caballo.
No se cuántas gallinas y tres gallos.
Una mata hermosa de perejil.
La señora Yolanda preparando un caldo con patatas y arroz.
Pan amasado calentito. Un vaso de vino tinto.
Noche blanca. Noche fría y dos leños al tambor.
Urea granulada para las frambuesas.
Rastrillos y palas. Riego en surcos.
Campo de trigo y cebada.
Dos limoneros y un naranjo.
Donde poco es mucho. Allí está Corel.


Metropolitan

Vuelvo a mi casa de tres semanas cruzando Central Park. Regreso con la alegría de haber mirado a Rembrandt a la cara. “Buenas tardes” le dije mientras me asombraba su conservación. Sin mediar palabra crucé la sala y observé la partida más larga de la historia.
Unos minutos más tarde le sugerí a Felipe IV que tomara un poco de sol, que se fuera de vacaciones y dejase al Conde-Duque al mando de sus menesteres. Con soberbia denegó mi sugerencia y me mandó a la playa. Para no molestar más a su alteza, al tiro estaba yo en Taití. Paraíso cultural donde sus morenas mujeres me ofrecieron fruta.
Me agradó la tarde y tras unas horas me marché de allí con aire fresco, ese que mueve al ciprés. Se avecinaban las 5.30pm pero tuve tiempo de despedir a Sócrates, como lo haría un discípulo, antes de que él se “embriagase” de cicuta y yo de perderme entre la arboleda camino a casa.

Relación de cuadros:
Autoretrato, Rembrandt. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/14.40.618
Jugadores de cartas, Cézanne. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/61.101.1
Felipe IV, Velázquez. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/14.40.639
Conde Duque de Olivares, Velázquez. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/52.125
Dos mujeres tahitianas, Gauguin. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/49.58.1
La muerte de Sócrates, David. http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/31.45