Archivo mensual: noviembre 2011

Abrígate que hace frío

Foto de Mayte

Se ha escrito mucho sobre Madrid. Se ha cantado tanto y se ha dicho más aún que estas líneas pasarán desapercibido a no ser que alguno obtenga sensaciones similares.

Porque Madrid, al contrario de lo que se puede pensar, es acogedora. Como se diría no muy antiguamente, cuando uno de “provincias” aterriza en la capital anda con  recelo. La ciudad engulle a los novatos en un acto de pérdida de la virginidad que dará lugar a la disipación de las dudas. Entonces nos reiremos de cuando colgamos el teléfono y todavía suena ese ten cuidaito de mamá.

No obstante siempre habrá algún madrileño que despotrique de su ciudad, como para mantenerte en guardia. Descuartizará los barrios, la situación del metro, el tráfico, el coste de la caña… pero qué podría decir yo de Sevilla por ejemplo. En las ciudades , como en las casas,  sólo los inquilinos saben dónde se tira la basura. En uno u otro momento todos deseamos dejar atrás la ciudad pero cuando se está lejos da una cierta nostalgia y ya no importa si esa basura huele o no.

Madrid no se conoce de golpe sino poquito a poco. Sin darse cuenta. Como el que va todos los días al jardín botánico y un día alcanza a reconocer las flores sin leer la cartela. A cada instante un pequeño gran descubrimiento aparece y no le damos importancia. Simplemente lo incorporamos en nuestra experiencia aunque a posteriori sepamos lo que hemos ganado.

Pasear por Gran Vía sin compañía, rodeado de gente que no conocía. La jungla consumista de Fuencarral y el viento que sopla por las calles perpendiculares. La Farmacia, Augusto Figueroa, Las Infantas… Una caña en Malasaña y un yayo en casa Camacho. El estilo gourmet del Mercado San Miguel. Tardes de guitarra y canción. Galileo Galilei, el Buho, Clamores. Dos de Mayo y alguna visita fugaz al Prado.  Hasta la línea celeste me trae emotivos recuerdos. El cercanías y los encuentros furtivos. Romances de media hora rumbo a la universidad. El gran queso gruyere que es Atocha. El Verdi. El toque vintage del Lolina y un mojito. Un picnic en el Retiro y vino.  El café del 36 de la calle Pez  y viajar en el número 41 de Serrano. Casa Julio, Casa Federica y Casa Paco. Croquetas, buñuelos de espinacas y tortillas de papas, los tres vértices de este triángulo gastronómico. Y esto y aquello y lo de más allá.

Ahora que Madrid se prepara para el invierno y yo estoy listo para el verano cuento cual bucanero las ganancias que recogí bajo ese sombrero negro de copa que se llama contaminación.  He reunido tanto  que puedo decir que me siento rico al otro lado del mundo.  Más que añoranza siento felicidad por esos grandes recuerdos.


La Piojera, una de borrachos

Fotografía de Patricia Wit

El lenguaje es rico. Admiro a esos lingüistas, ratoncitos de biblioteca, que navegan entre páginas con sus gafitas escurridizas que reposan en la punta de la nariz.  No es a esto a lo que les cito hoy aunque ellos me ayudarían a encontrarle los matices a las tres palabras que dan sentido a todo lo que sigue; dos sustantivos y un verbo: piojera, terremoto y curarse.

La Piojera es más que un bar de Santiago, es un monumento sentimental declarado. Situada junto al Mercado Central se esconde detrás de la boca de metro Cal y Canto como si quisiera pasar desapercibida.

La Piojera es un nombre gracioso. Si buscamos en su origen veremos que responde a esas situaciones en las que los nombres nacen solos y quedan bien, al igual que esos motes de la infancia que no se quitan ni con agua caliente. El apodo es exacto y no dista mucho de lo que imaginamos cuando lo oímos. La gente puede llegar a hacinarse allí como los piojos en la cabeza de algún escolar de primaria. Esa fue la  sensación que tuvo Arturo Alessandri cuando en 1922 lo llevaron a este local y exclamó: “¿Y a esta piojera que me han traído?

Este punto de encuentro para santiaguinos, artistas,  políticos, turistas… abrió sus puertas en 1916 y continua regentado por la familia Benedetti Pini. Son tres generaciones las que han conservado este lugar para convertirlo en una visita obligada. En este lugar chileno 100% lo popular y rústico nos envuelve para que regresemos a la tasca de pueblo. A esa donde se come bien, donde se bebe mejor.

Si hay un sitio donde se bebe ese es La Piojera. Hay gente que sucumbe a los efectos del terremoto, bebida típica chilena cuyo nombre está escogido a la perfección.  He aquí mi segundo sustantivo. Esta mezcla de pipeño, vino blanco, a poder ser el más barato del mercado, chorreón de fernet y helado de piña hace tambalear a cualquiera. El terremoto, protagonista sin igual de La Piojera,  sabe de su nombre y juega con el visitante que rara vez no se cura allí.

Llegamos al verbo para presentar una analogía perfecta donde lo semejante, el propio verbo, nos muestra dos realidades distintas. De nuevo el argot chileno elige con cuidado el sentido de la palabra para reflejar que alguien curado no es precisamente alguien en buen estado.  Gente curada, una de las esencias de La Piojera.

El juego de palabras parece bailar con la persona que tras varios terremotos está curada casi sin quererlo, como si estuviera matando penas.  Casualidades o no, me viene a la cabeza El Quitapenas, otro clásico bar santiaguino junto al cementerio del que ya daré cuenta en otra ocasión.  De nuevo otro nombre para enmarcar . De nuevo esa imagen nítida del que se levanta rumbo a casa tras haber terminado el último trago. se pasa la mano por la boca y se dice a sí mismo: vámonos, que ya está bien.


Apología de un amor encadenado


Son muchos los viajes que se realizan por amor. Por amor se cumple quizás uno de los clichés más asentados y es por ello por lo que París alberga a todas esas parejas dispuestas a darse amor. Grandes partidas de cigüeñas vuelan desde la capital francesa para corroborar la pasión  que los viajeros se han profesado en los Campos Elíseos, en la Torre Eiffel o paseando por la orilla del Sena. También los hay quien tallan árboles como Robin Hood y Lady Marian o quienes graban sus nombres en los bancos de los parques.

No es de este cliché del que vamos a hablar, ni tampoco del tan repetido “prohibido pintar en las paredes” de algunos emblemáticos monumentos. Aunque sí seguimos en esta espiral empalagosa que es la manifestación del amor.

En una no muy lejana estancia en Florencia pude comprobar cómo los turistas tiene cada vez más la imperiosa necesidad de mostrar sus sentimientos. En uno de los lugares más emblemáticos de la capital toscana, el Ponte Vecchio, el busto de Benvenuto Cellini se ve cercado por una cantidad ingente de candados. Estos se amontonan en la valla que rodea a la imagen del orfebre renacentista como abejas en un panal. Cierre del candado con las iniciales de los enamorados, fotografía, beso y arrojo de las llaves al río Arno. Este simple proceso puede ser ejecutado en innumerables ocasiones en un corto espacio de tiempo. ¿Pero de dónde se ha sacado esta idea?

Federico Moccia, escritor italiano de novelas románticas, apuesta en su libro Tengo ganas de ti por la colocación de estos “candados ante la carencia de amor en estos tiempos”.  Sin embargo, no fue ahí donde surgió este hábito sino en las farolas del puente Milvio de Roma que están apestadas de estos artilugios. Lo que sí se le puede recriminar a Moccia es que haya abusado de la bonita costumbre romana para alentar a millones de parejas a encadenar su amor a barandas y cadenas de puentes de muchas ciudades europeas, véase Sevilla o Paris.

¿Cabría la posibilidad de alzar un mallado metálico, en alguna ciudad cualquiera, donde las parejas colgaran libremente sus candados sin estropear otros espacios? ¿Dónde? Con ello estos candados que auguran amor eterno dejarían de empañar visualmente estos puentes y monumentos. Y los enamorados, tan felices como siempre.

De todas maneras, me temo que esto no cambiará por lo que sólo me queda esperar a que el amor se oxide, como los candados, o que aparezca otra hortera apología del amor.


Pimienta, sal y amor

Siempre he apostado por la comida de casa. Nada mejor que el puchero de mamá  o la tortilla de la abuela. Las recetas de estos platos van de boca en boca transmitiéndose sin llegar a tener fecha de caducidad. Me encanta ir a esos bares, tan típicos del sur, donde en una barra de aluminio el camarero te apunta la cuenta con esa tiza que irá a parar entre la cabeza y la oreja. Ahí se come bien y barato y la comida tiene mucho tintes caseros.

Hace unos días, en mi visita a Corel, tomé una cazuela de ave. Creo que ha sido una de los mejores bocados que he tenido la posibilidad de probar desde que llegué a Chile. Me hizo recordar a mi abuelo mojando pan y sorbiendo la sopa.  La señora Yolanda me sirvió este guiso y quedé fascinado.

La cazuela de ave es un guiso sencillo. No es particular del país sino más bien una comida que aparte de “levantar a un muerto” está escrita en esos libros invisibles de las abuelas, de las mamás.  Es para muchos comida de pobre por la simpleza de sus ingredientes pero nada mejor que esa sensación de estar comiendo algo hecho a fuego lento, acompañada de pan y vino tinto. Comida de pobres, comida de campo pero qué bien sienta.

Pocos días después, ya en Santiago, volví a comprobar cómo Aurora, mi compañera de piso, preparaba otra cazuelita de estas. No era la mano de la señora Yolanda pero el sabor era, de nuevo, exquisito. Le pregunté por la receta y contestó: “lleva pimienta, sal y mucho amor” Quizás esa sea la diferencia. No la pimienta ni la sal, si no el amor. El gusto de cocinar por otro y sentirse bien con ello. Por eso la cazuela de ave de Aurora y de Yolanda sabían tan deliciosas porque la esencia, el amor, es el ingrediente secreto que ponen quienes cocinan. De ahí que esté tan rico.

Cazuela de ave

Ingredientes: (2 pax)
Un pollo troceado
3 papas
Medio choclo (mazorca de maíz)
Un par de puñaítos de arroz
Unos guisantes verdes
Una zanahoria
1  pimiento rojo
2 dientes de ajo
Aceite de oliva
Cilantro
Pimienta
Sal… y mucho amor.

Preparación
En una olla con un poquito de aceite de oliva se sofríen los dientes de ajo picaditos, la zanahoria rallada, el pimiento rojo picado y las presas de pollo troceadas. Salpimentamos.
Se añaden las papas cortadas en cubos, el choclo, los guisantes y el arroz. Se cubre con agua y se deja hervir hasta que las patatas estén blandas.
Se sirve con un poquito de cilantro fresco.

Buen provecho.