Apología de un amor encadenado


Son muchos los viajes que se realizan por amor. Por amor se cumple quizás uno de los clichés más asentados y es por ello por lo que París alberga a todas esas parejas dispuestas a darse amor. Grandes partidas de cigüeñas vuelan desde la capital francesa para corroborar la pasión  que los viajeros se han profesado en los Campos Elíseos, en la Torre Eiffel o paseando por la orilla del Sena. También los hay quien tallan árboles como Robin Hood y Lady Marian o quienes graban sus nombres en los bancos de los parques.

No es de este cliché del que vamos a hablar, ni tampoco del tan repetido “prohibido pintar en las paredes” de algunos emblemáticos monumentos. Aunque sí seguimos en esta espiral empalagosa que es la manifestación del amor.

En una no muy lejana estancia en Florencia pude comprobar cómo los turistas tiene cada vez más la imperiosa necesidad de mostrar sus sentimientos. En uno de los lugares más emblemáticos de la capital toscana, el Ponte Vecchio, el busto de Benvenuto Cellini se ve cercado por una cantidad ingente de candados. Estos se amontonan en la valla que rodea a la imagen del orfebre renacentista como abejas en un panal. Cierre del candado con las iniciales de los enamorados, fotografía, beso y arrojo de las llaves al río Arno. Este simple proceso puede ser ejecutado en innumerables ocasiones en un corto espacio de tiempo. ¿Pero de dónde se ha sacado esta idea?

Federico Moccia, escritor italiano de novelas románticas, apuesta en su libro Tengo ganas de ti por la colocación de estos “candados ante la carencia de amor en estos tiempos”.  Sin embargo, no fue ahí donde surgió este hábito sino en las farolas del puente Milvio de Roma que están apestadas de estos artilugios. Lo que sí se le puede recriminar a Moccia es que haya abusado de la bonita costumbre romana para alentar a millones de parejas a encadenar su amor a barandas y cadenas de puentes de muchas ciudades europeas, véase Sevilla o Paris.

¿Cabría la posibilidad de alzar un mallado metálico, en alguna ciudad cualquiera, donde las parejas colgaran libremente sus candados sin estropear otros espacios? ¿Dónde? Con ello estos candados que auguran amor eterno dejarían de empañar visualmente estos puentes y monumentos. Y los enamorados, tan felices como siempre.

De todas maneras, me temo que esto no cambiará por lo que sólo me queda esperar a que el amor se oxide, como los candados, o que aparezca otra hortera apología del amor.

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