La Piojera, una de borrachos

Fotografía de Patricia Wit

El lenguaje es rico. Admiro a esos lingüistas, ratoncitos de biblioteca, que navegan entre páginas con sus gafitas escurridizas que reposan en la punta de la nariz.  No es a esto a lo que les cito hoy aunque ellos me ayudarían a encontrarle los matices a las tres palabras que dan sentido a todo lo que sigue; dos sustantivos y un verbo: piojera, terremoto y curarse.

La Piojera es más que un bar de Santiago, es un monumento sentimental declarado. Situada junto al Mercado Central se esconde detrás de la boca de metro Cal y Canto como si quisiera pasar desapercibida.

La Piojera es un nombre gracioso. Si buscamos en su origen veremos que responde a esas situaciones en las que los nombres nacen solos y quedan bien, al igual que esos motes de la infancia que no se quitan ni con agua caliente. El apodo es exacto y no dista mucho de lo que imaginamos cuando lo oímos. La gente puede llegar a hacinarse allí como los piojos en la cabeza de algún escolar de primaria. Esa fue la  sensación que tuvo Arturo Alessandri cuando en 1922 lo llevaron a este local y exclamó: “¿Y a esta piojera que me han traído?

Este punto de encuentro para santiaguinos, artistas,  políticos, turistas… abrió sus puertas en 1916 y continua regentado por la familia Benedetti Pini. Son tres generaciones las que han conservado este lugar para convertirlo en una visita obligada. En este lugar chileno 100% lo popular y rústico nos envuelve para que regresemos a la tasca de pueblo. A esa donde se come bien, donde se bebe mejor.

Si hay un sitio donde se bebe ese es La Piojera. Hay gente que sucumbe a los efectos del terremoto, bebida típica chilena cuyo nombre está escogido a la perfección.  He aquí mi segundo sustantivo. Esta mezcla de pipeño, vino blanco, a poder ser el más barato del mercado, chorreón de fernet y helado de piña hace tambalear a cualquiera. El terremoto, protagonista sin igual de La Piojera,  sabe de su nombre y juega con el visitante que rara vez no se cura allí.

Llegamos al verbo para presentar una analogía perfecta donde lo semejante, el propio verbo, nos muestra dos realidades distintas. De nuevo el argot chileno elige con cuidado el sentido de la palabra para reflejar que alguien curado no es precisamente alguien en buen estado.  Gente curada, una de las esencias de La Piojera.

El juego de palabras parece bailar con la persona que tras varios terremotos está curada casi sin quererlo, como si estuviera matando penas.  Casualidades o no, me viene a la cabeza El Quitapenas, otro clásico bar santiaguino junto al cementerio del que ya daré cuenta en otra ocasión.  De nuevo otro nombre para enmarcar . De nuevo esa imagen nítida del que se levanta rumbo a casa tras haber terminado el último trago. se pasa la mano por la boca y se dice a sí mismo: vámonos, que ya está bien.

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