Abrígate que hace frío

Foto de Mayte

Se ha escrito mucho sobre Madrid. Se ha cantado tanto y se ha dicho más aún que estas líneas pasarán desapercibido a no ser que alguno obtenga sensaciones similares.

Porque Madrid, al contrario de lo que se puede pensar, es acogedora. Como se diría no muy antiguamente, cuando uno de “provincias” aterriza en la capital anda con  recelo. La ciudad engulle a los novatos en un acto de pérdida de la virginidad que dará lugar a la disipación de las dudas. Entonces nos reiremos de cuando colgamos el teléfono y todavía suena ese ten cuidaito de mamá.

No obstante siempre habrá algún madrileño que despotrique de su ciudad, como para mantenerte en guardia. Descuartizará los barrios, la situación del metro, el tráfico, el coste de la caña… pero qué podría decir yo de Sevilla por ejemplo. En las ciudades , como en las casas,  sólo los inquilinos saben dónde se tira la basura. En uno u otro momento todos deseamos dejar atrás la ciudad pero cuando se está lejos da una cierta nostalgia y ya no importa si esa basura huele o no.

Madrid no se conoce de golpe sino poquito a poco. Sin darse cuenta. Como el que va todos los días al jardín botánico y un día alcanza a reconocer las flores sin leer la cartela. A cada instante un pequeño gran descubrimiento aparece y no le damos importancia. Simplemente lo incorporamos en nuestra experiencia aunque a posteriori sepamos lo que hemos ganado.

Pasear por Gran Vía sin compañía, rodeado de gente que no conocía. La jungla consumista de Fuencarral y el viento que sopla por las calles perpendiculares. La Farmacia, Augusto Figueroa, Las Infantas… Una caña en Malasaña y un yayo en casa Camacho. El estilo gourmet del Mercado San Miguel. Tardes de guitarra y canción. Galileo Galilei, el Buho, Clamores. Dos de Mayo y alguna visita fugaz al Prado.  Hasta la línea celeste me trae emotivos recuerdos. El cercanías y los encuentros furtivos. Romances de media hora rumbo a la universidad. El gran queso gruyere que es Atocha. El Verdi. El toque vintage del Lolina y un mojito. Un picnic en el Retiro y vino.  El café del 36 de la calle Pez  y viajar en el número 41 de Serrano. Casa Julio, Casa Federica y Casa Paco. Croquetas, buñuelos de espinacas y tortillas de papas, los tres vértices de este triángulo gastronómico. Y esto y aquello y lo de más allá.

Ahora que Madrid se prepara para el invierno y yo estoy listo para el verano cuento cual bucanero las ganancias que recogí bajo ese sombrero negro de copa que se llama contaminación.  He reunido tanto  que puedo decir que me siento rico al otro lado del mundo.  Más que añoranza siento felicidad por esos grandes recuerdos.

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