Archivo mensual: enero 2012

Raíz única

Cuando se viaja normalmente es por la curiosidad de conocer el mundo. Dejamos que nuestros ojos se empapen de lágrimas cuando en algún paraje nos encontramos con una escena antológica que quedará grabada en la memoria. En ese instante se intenta fotografiar aquella estampa e incluso se pueden llegar a escribir torpemente algunas líneas aunque la escritura se paralizará por la imagen del momento.

Muchos buscan fugarse totalmente convencidos de que en casa ya está todo visto, todo hecho. Cansados de la rutina local se lanzan a la aventura en la que encontrarán, muy probablemente, situaciones similares al lugar  que dejaron atrás. Sin embargo, no se darán cuenta embriagados por el subidón de adrenalina que otorgan los nuevos colores, los nuevos olores, las nuevas vistas… Estas experiencias se suceden casi sin querer hasta que llega un instante, clave, en el que un sentimiento nostálgico embriaga.

Irremediablemente esa sensación lleva a la búsqueda de la calidez del colchón, el ruido de la cafetería y el olor a pan tostado. Una cervecita de la Cruz del Campo. Las tapas del bar de la esquina, el silencio de la calle de atrás, el saludo de los amigos. La panadería abierta desde las 7 de la mañana, el bus que se salta la parada, el frío de febrero o la luz de las farolas cuando todo mundo se va a dormir.

Es entonces cuando aparece la rutina olvidada y se piensa en un regreso, a priori, momentáneo. Es entonces cuando aprende a echar de menos.

Se vuelve a casa a pesar de que el viajero siempre tiene casas repartidas por todo el mundo, allí donde el corazón se compungió. De repente uno sonríe aceptando los rasgos característicos del sitio que lo vio crecer. La idiosincracia permanece latente en algún rincón de nuestra mente y sabemos que rara vez nos sentiremos extraños.

A la vuelta se tiene casi lo mismo que  se deja atrás porque “la casa” cambia pero a pasos muy lentos. Es el viajero el que regresa convertido, lleno de nueva vida, de cambios sustanciales y habiendo aprehendido que siempre hay unas raíces, que a pesar de querer negar en ciertas ocasiones, se mantienen ancladas en algún lugar del planeta.


Pastrami, un orgasmo culinario

Bocata de pastrami. KATZ´S DELICATESSEN

Era septiembre de 2008.
Tras pasar el verano trabajando en una cafetería hacía realidad mi sueño americano y aterrizaba cargado de emociones a Nueva York. Durante mi estancia de 3 semanas hice buenas migas con Florence (Flo desde el primer día), una joven belga de un par de años mayor que yo. Estudiábamos inglés en la misma clase en una escuela cercana al Madison Square Garden y un día me prometió una cena sencilla pero espectacular.

Le tomé la palabra y unos días después me guió por el Soho hasta que nos adentramos en el Lower East Side. Me mareó por distintas calles como si no supiera donde iba, como queriendo atrasar el momento de llegar al 205 de East Houston Street. Katz´s Delicatessen. Este famoso “deli de calidad” abrió sus puertas en 1888 y es toda una insignia de la ciudad de Nueva York ya que incluso mantiene la fantástica opción de que la chica envíe salami u otra carne a su novio que está de servicio en el Ejército.

– “Pastrami. Ni lo dudes. Y con mostaza”, dijo Flo.
–  “Pero es que a mí la mosta…” y fue ahí cuando el camarero me interrumpió y dijo algo así como que aquella mostaza no era como esa basura inglesa. No me negué.

El pastrami es una carne de ternera cruda conservada en salmuera. De origen judío, este delicioso bocado, que surgió como un método de preservar la carne durante mayor tiempo, es la especialidad de uno de los delis más antiguos de la ciudad. El pastrami se sirve en finas lonchas con pepinillos y mostaza entre dos buenos trozos de pan. Nada de mayonesa. Te lo advierten y en caso de pedirla te avisan que es bajo tu propia responsabilidad y es que puede arruinar por completo el sabor de esta carne ahumada y mechada con granos de pimienta.

El hábito consumista implantado por los supermercados ha hecho que puedas consumir un pastrami curado en 36 horas mientras que el de Katz´s se mantienen en un proceso de 30 días. Ahí la diferencia.

Esa noche saboreé uno de los mejores bocados que mi paladar recuerda y no era un plato nada sofisticado como los que días antes Flo y yo habíamos disfrutado junto a nuestros compañeros de clase en un restaurante thai del Upper West Side. Esto era un bocata. El primer bocado fue cósmico.  Lo devoré saboreando cada mordisco. Definitivamente el clímax culinario se acercaba cuando llegaba al final.

Curiosamente Flo y yo, rodeados de mesas semi vacías y neones, nos sentamos debajo de un letrero donde podía leerse “Aquí se grabó Cuando Harry encontró a Sally“. Recordé la famosa escena en la que Meg Ryan enseña a Billy Crystal cómo una mujer finge un orgasmo. “How do you know they really…? […] Most women one time or another have faked it.” Casualidades o no, esa idea se cruzó en mi mente que asentó la posibilidad de tener una experiencia tan placentera comiendo uno de esos enormes bocatas. Incluso en la misma escena, la señora que va a pedir su comida tras el “recital” de Ryan apunta que tomará lo mismo que esta, por lo que sí que hay algo de éxtasis en el pastrami.

Por algo más de $15, 14 en aquella ocasión, cualquiera pueda darse el gusto de comer una deliciosa carne en uno de los sitios más recomendables de toda la Gran Manzana. Como leí recientemente en algún blog de cocina, “La comida tiene una carga de erotismo brutal” y doy fe de que  saldrá contento del local porque lo de llegar al orgasmo gastrónimico en Katz´s no es fingido.


Al otro lado de la luz

El desierto de Atacama te agarra por dentro. La inmensidad con la que se presenta es descarada. Su claridad ciega y engaña al viajero. Lo seduce y no le deja ver lo que esconde cuando cae la noche. El desierto más árido del mundo te invita a pasear en las horas próximas al atardecer entre valles y caminos confundidos a la hora de tomar cualquier dirección. El viajero se siente observado ante todas esas caras dibujadas en los montículos de sal y arena. Son los rostros maquillados con arcilla y grava, adornados con gemas y cuarzo.

Todo es un tapiz de múltiples marrones y formaciones rocosas bordeadas por el viento, viejo escultor que trabaja con esmero y esculpe Tres Marías a modo de oración. El viajero no da cabida a los estudios geológicos y sigue preguntándose por los relieves en escorzo provocados por la erosión de miles de años; por los mares de arena y una ola mayor que se convierte en duna que corona la topografía lunar. Montañas que se parecen a la espina dorsal de un diplodocus y se encadenan creando la Cordillera de la Sal.

En ese territorio vasto que empequeñece a cualquiera, la muerte se concreta en la falta de vida engullida por millones de granos de arena. La cara amable del Valle de la Luna se resguarda cuando desaparecen los tonos anaranjados, azules y rosas. Con la caída del sol se destapa el reino de las sombras, los silbidos de los vientos escondidos y la bajada de las temperaturas. Llega el miedo y la cara oculta del desierto.

Vista del Anfiteatro, Valle de la Luna


Donde las flores desafían a la muerte

En San Pedro y en otros pueblos como Toconao pertenecientes a la región de Atacama existe una celebración permanente de los colores. A priori, esta singular fiesta podría producirse por el contraste de los paisajes o por las fachadas de los edificios como en Valparaíso, sin embargo, el colorido espectáculo tiene lugar en el cementerio.

El campo santo de San Pedro de Atacama es un campo florido. Cruces blancas, azules y naranjas enterradas en el suelo junto a montones de tierra sin lápidas. Las criptas parecen casitas de juguete. Turquesas, rosas, marrones…
El toque kitsch viene dado por las flores y coronas de plástico que presiden las tumbas debido a las elevadas temperaturas. Así, el recuerdo permanece intacto, sin marchitarse como desafiando al propio paso del tiempo y en consecuencia mirando a la muerte a la cara sin languidecer.

El cementerio de San Pedro de Atacama es una invitación a sonreír, un oasis de flores entre kilómetros de desierto, montículos de tierra que se suceden aquí y allí con un orden algo desordenado. Luis, Antonia, Eugenio, Cesarea, Josefa… descansan siendo partícipes de una fiesta con un toque pagano donde el negro es un color que no tiene cabida. Nunca vi a la muerte en ese estado de alegría.


Churretes de colores

 

Cara de niña buena y traviesa por los rincones.
Que mira al mar entre cerros y ascensores.
Valparaíso ven y píntame de colores.