Raíz única

Cuando se viaja normalmente es por la curiosidad de conocer el mundo. Dejamos que nuestros ojos se empapen de lágrimas cuando en algún paraje nos encontramos con una escena antológica que quedará grabada en la memoria. En ese instante se intenta fotografiar aquella estampa e incluso se pueden llegar a escribir torpemente algunas líneas aunque la escritura se paralizará por la imagen del momento.

Muchos buscan fugarse totalmente convencidos de que en casa ya está todo visto, todo hecho. Cansados de la rutina local se lanzan a la aventura en la que encontrarán, muy probablemente, situaciones similares al lugar  que dejaron atrás. Sin embargo, no se darán cuenta embriagados por el subidón de adrenalina que otorgan los nuevos colores, los nuevos olores, las nuevas vistas… Estas experiencias se suceden casi sin querer hasta que llega un instante, clave, en el que un sentimiento nostálgico embriaga.

Irremediablemente esa sensación lleva a la búsqueda de la calidez del colchón, el ruido de la cafetería y el olor a pan tostado. Una cervecita de la Cruz del Campo. Las tapas del bar de la esquina, el silencio de la calle de atrás, el saludo de los amigos. La panadería abierta desde las 7 de la mañana, el bus que se salta la parada, el frío de febrero o la luz de las farolas cuando todo mundo se va a dormir.

Es entonces cuando aparece la rutina olvidada y se piensa en un regreso, a priori, momentáneo. Es entonces cuando aprende a echar de menos.

Se vuelve a casa a pesar de que el viajero siempre tiene casas repartidas por todo el mundo, allí donde el corazón se compungió. De repente uno sonríe aceptando los rasgos característicos del sitio que lo vio crecer. La idiosincracia permanece latente en algún rincón de nuestra mente y sabemos que rara vez nos sentiremos extraños.

A la vuelta se tiene casi lo mismo que  se deja atrás porque “la casa” cambia pero a pasos muy lentos. Es el viajero el que regresa convertido, lleno de nueva vida, de cambios sustanciales y habiendo aprehendido que siempre hay unas raíces, que a pesar de querer negar en ciertas ocasiones, se mantienen ancladas en algún lugar del planeta.

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