Archivo mensual: marzo 2012

Rendiciones

Déjate convencer. Mira pá fuera como si fuera tu casa e imprégnate de lo que ves.

Hace unas horas que llegué a los agradecimientos del libro más largo que jamás he leído y uno de los más enriquecedores. Hace ya dos meses que navegaba por la páginas de SHANTARAM de David Gregory Roberts.

En esta historia de amor y dolor, de traición y amistades eternas, de la vida y de la muerte, de venganza y de conflictos que se citan para solucionarse a palos, Roberts da una lección de lo que todo viajero debe hacer: rendirse.

Un viajero debe entregarse a la cultura del sitio donde está.  Hay que rendirse ante cualquier tipo de acto que desconocemos. Y Roberts se entrega a la India, a sus personas, a sus costumbres, sus olores… La batalla está perdida de antemano y aunque intentemos imponer nuestro pensamiento, etnocéntrico de vez en cuando, la realidad nos golpea en la cara.

Hay que beberse los prejuicios y sacar siempre una sonrisa a lo genuino, a lo que te sorprende y te agarra el corazón. Por más que no lo comprendamos siempre quedará grabado el recuerdo de aquello que hicimos pensando en qué pensaría nuestra madre si nos viera. Ahí es cuando nos volvemos niños y jugamos a descubrir. Nos entusiasmamos con cualquier pequeño tesoro encontrado.  Y así respiramos hondo, hinchamos nuestro pecho y la alegría sale por los poros.

intenta relajarte totalmente y déjate llevar por la experiencia. Tú limítate a… dejarte llevar. A veces, en la India, hay que rendirse para vencer“. Karla.


La excursión semanal

La Vega es un mercado situado en el corazón del barrio Recoleta, no muy lejos del centro de la ciudad de Santiago.  Recibe este nombre porque se emplaza en la vega del río Mapocho que cruza la ciudad.

Hay santiaguinos que nunca se han perdido entre los más de 800 locales que se aglomeran entre la maloliente calle Nueva Rengifo y la calle Salas. Cierto es que esta manzana de 9´5 hectáreas tiene un toque sucio, desordenado y alborotado y de ahí el rechazo de los recelosos.  Hay que olvidar los comentarios estereotipados y abrir los ojos. Es posible sentir con los ojos bien abiertos para poder escudriñar hasta el último detalle de este mercado de la gente pobre que desde 1895 suministra alimento a todo el mundo. Qué me dicen de las nanas que van a comprar con el chofer para la señora que vive en las zonas altas de Santiago.

A la Vega, donde los prejuicios se toman como normas establecidas, hay que ir con el corazón entregado y una buena lista de la compra.

Verduras, frutas, carnes, especias, quesos, pescado, encurtidos, pan, frutos secos, artículos de cocina, cristalería, comedores… Casi de todo se puede encontrar. Incluso se ponen a la venta los corazones, las manos, los ojos… la vida de unas personas desde antes del amanecer a las 4 de la tarde.

La incesante actividad se toma el té entre chapas, cartones y cajas de madera y salones de juego. El único día de cierre del recinto se produce el uno de enero. Un día festivo para hacer descansar las gargantas desgañitadas que anuncian los mejores precios, las mejores ofertas.  La Vega es la reina de los dedos negros y las cuentas en papel de estraza. La princesa de los colores. Los palés y los gatos acostados sobre los sacos de papas y harina. Las bolsas de color verde y los altillos repletos de material. Los cargadores sudorosos y la venta de artículos robados. El olor a la parrilla y a pescado y a ají.

Los tenderos son expertos en economía a pasos forzados y entablan una relación más allá de lo estrictamente comercial con el comprador. Sinceros cuando el género no es de calidad, se ayudan unos a los otros con un transvase de caseros y damas de un local a otro.

El mercado fundado por Agustín Gómez García es un hormiguero de puestos ordenados que forman pasillos colapsos como la ruta 68 en pleno verano. Su división a veces estructurada son los caminos a buen almuerzo. Consomé y plato único a menos de 3 euros.

La Vega es una excursión semanal de casi dos horas. El disfrute de lo escogido y el proceso inicial de una mañana de cocina y mandil. El abandono del supermercado y del empaquetado. El olvido de las fresas en otoño y el pescado los lunes.

Porque después de Dios está la Vega.


Amores de cantina*

El papel de estraza que envuelve la morcilla y el chorizo. Los trozos de queso que se amontonan bajo una montaña de regañás. Una Cruz del Campo bien fresquita.

Apoyado en la barra del bar, una noche cualquiera, mientras la vida sigue su camino fuera la cerveza se termina.  La espuma marca el bigote. Relamido. El amargor se enreda en la garganta acostumbrada que pide otra. Del esófago a refrescar el alma.

Se brinda por una buena compañía y unos ratitos donde el tú y el yo, el nosotros se engrandecen. Las conversaciones son ponencias aliñadas con aceitunas. El cuerdo que se disfraza de borracho juega con el símil, la hipérbole y la metáfora. Artistas de historias que beben para perpetrarlas en los corazones de la clientela.

El montaito de pringá, palometa con queso y no es miércoles ni se deja un euro. Esto es una bodeguita donde la soledad acompaña a los desconocidos que son los amigos que nunca tuviste.

Chicarrones y ajito frito.  Jamón y tortilla de papas fría. Camareros malabaristas de las matemáticas. Cantores de tapas y portadores de tiza cuadrada en la oreja.

En los bares nos besamos y nos queremos. Nos abrazamos. Clubes sociales sin otro carné que el de la calle y donde el tinto es el billete de admisión.

Montaditos (roque con anchoas y pringá) y chicharrones en Bodeguita Morales; M. Krohn

*Amores de cantina


Mirando al mar

Follonica está situada en la región de Grosseto. Saluda al mar Tirreno desde el golfo entre Piombino y Punta Ala. A su espalda las colinas por donde se asoma Massa Marittima. Antes de que el verano llegara con sus visitantes, el pueblecito se convirtió en mi campamento base durante mi experiencia toscana el pasado junio. La vida en Follonica es tranquila y perfecta para el carácter de los Meduri.

La familia Meduri vivía en el edificio bianco y azzurro que aparece en todas las postales de la localidad. Es el más alto y en primera línea de playa. Tiene un toque vintage. El departamento no conocía Ikea y excepto la televisión de plasma y algún que otro objeto decorativo todo respiraba un estilo kisch sin forzarse en conseguirlo. Lleno de libros amontonados en el mueble del final del pasillo y una cocina coqueta típica de los años 60.

Durante mis días allí, en la terraza del decimocuarto piso Ivan y yo nos sentamos a esperar a que el sol se echase a dormir. A que los puntitos de luz se desperezaran a lo largo de toda la costa. Desde esa terraza en la que en un día despejado se ve la isla de Elba y con suerte a lo lejos Cerdeña,  veíamos a lo follonichesi hacer su vida y acabar el día con una passeggiata sul lungomare.

Con la luna nos bebimos las noches frescas de junio. Olía a mar y a la salud de las estrellas brindamos con vino tinto. Y se nos pasó la borrachera hablando de la vida. Hablando de mujeres.

Follonica desde un 14º