Amores de cantina*

El papel de estraza que envuelve la morcilla y el chorizo. Los trozos de queso que se amontonan bajo una montaña de regañás. Una Cruz del Campo bien fresquita.

Apoyado en la barra del bar, una noche cualquiera, mientras la vida sigue su camino fuera la cerveza se termina.  La espuma marca el bigote. Relamido. El amargor se enreda en la garganta acostumbrada que pide otra. Del esófago a refrescar el alma.

Se brinda por una buena compañía y unos ratitos donde el tú y el yo, el nosotros se engrandecen. Las conversaciones son ponencias aliñadas con aceitunas. El cuerdo que se disfraza de borracho juega con el símil, la hipérbole y la metáfora. Artistas de historias que beben para perpetrarlas en los corazones de la clientela.

El montaito de pringá, palometa con queso y no es miércoles ni se deja un euro. Esto es una bodeguita donde la soledad acompaña a los desconocidos que son los amigos que nunca tuviste.

Chicarrones y ajito frito.  Jamón y tortilla de papas fría. Camareros malabaristas de las matemáticas. Cantores de tapas y portadores de tiza cuadrada en la oreja.

En los bares nos besamos y nos queremos. Nos abrazamos. Clubes sociales sin otro carné que el de la calle y donde el tinto es el billete de admisión.

Montaditos (roque con anchoas y pringá) y chicharrones en Bodeguita Morales; M. Krohn

*Amores de cantina

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