La excursión semanal

La Vega es un mercado situado en el corazón del barrio Recoleta, no muy lejos del centro de la ciudad de Santiago.  Recibe este nombre porque se emplaza en la vega del río Mapocho que cruza la ciudad.

Hay santiaguinos que nunca se han perdido entre los más de 800 locales que se aglomeran entre la maloliente calle Nueva Rengifo y la calle Salas. Cierto es que esta manzana de 9´5 hectáreas tiene un toque sucio, desordenado y alborotado y de ahí el rechazo de los recelosos.  Hay que olvidar los comentarios estereotipados y abrir los ojos. Es posible sentir con los ojos bien abiertos para poder escudriñar hasta el último detalle de este mercado de la gente pobre que desde 1895 suministra alimento a todo el mundo. Qué me dicen de las nanas que van a comprar con el chofer para la señora que vive en las zonas altas de Santiago.

A la Vega, donde los prejuicios se toman como normas establecidas, hay que ir con el corazón entregado y una buena lista de la compra.

Verduras, frutas, carnes, especias, quesos, pescado, encurtidos, pan, frutos secos, artículos de cocina, cristalería, comedores… Casi de todo se puede encontrar. Incluso se ponen a la venta los corazones, las manos, los ojos… la vida de unas personas desde antes del amanecer a las 4 de la tarde.

La incesante actividad se toma el té entre chapas, cartones y cajas de madera y salones de juego. El único día de cierre del recinto se produce el uno de enero. Un día festivo para hacer descansar las gargantas desgañitadas que anuncian los mejores precios, las mejores ofertas.  La Vega es la reina de los dedos negros y las cuentas en papel de estraza. La princesa de los colores. Los palés y los gatos acostados sobre los sacos de papas y harina. Las bolsas de color verde y los altillos repletos de material. Los cargadores sudorosos y la venta de artículos robados. El olor a la parrilla y a pescado y a ají.

Los tenderos son expertos en economía a pasos forzados y entablan una relación más allá de lo estrictamente comercial con el comprador. Sinceros cuando el género no es de calidad, se ayudan unos a los otros con un transvase de caseros y damas de un local a otro.

El mercado fundado por Agustín Gómez García es un hormiguero de puestos ordenados que forman pasillos colapsos como la ruta 68 en pleno verano. Su división a veces estructurada son los caminos a buen almuerzo. Consomé y plato único a menos de 3 euros.

La Vega es una excursión semanal de casi dos horas. El disfrute de lo escogido y el proceso inicial de una mañana de cocina y mandil. El abandono del supermercado y del empaquetado. El olvido de las fresas en otoño y el pescado los lunes.

Porque después de Dios está la Vega.

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