¿Cuánto falta?

Fachada del museo Santa Maria de la Scala, Siena.

La amiga que se olvidó el pasaporte, el tren cogido tres minutos antes de la salida, el vuelo con dos horas de retraso, súmale una hora más de escala, por un problema técnico no podemos…. minutos, horas que demoran el comienzo de un viaje.

Al viajar, como ocurre con todo aquello que queremos, la espera siempre es larga. Desde que se adquieren los billetes los segundos de espera para confirmar el pago se hacen eternos. Tras superar el proceso de compra y su correspondiente confirmación, aguardamos con  tranquilidad hasta la partida. Los días pasan por nosotros que solamente ansiamos coger la maleta y dejar atrás la rutina. La lectura de una guía, los consejos buscados en Internet, la explicación del itinerario a tus amigos son distintas sacudidas de nerviosismo incontenible que nos acercan al todavía lejano destino.

Una vez llegado el día, cuando todo está casi al alcance de la mano, la demora se acrecienta. El enfado es motivo por la imperiosa necesidad de llegar, la irracionalidad se ceba con el estado de ánimo y cualquier espera es dañina física y mentalmente.

Como niños nos preguntamos cuánto falta. Papá no conduce ni mamá está en el asiento delantero para mirarte desafiante con esa cara de no preguntes más, pesao. Estás solo o con algún compañero de viaje comprobando que tu reloj funciona pero que no llegas. Leemos algún libro que nos aburre a los veinte minutos, nos experimentamos ser contorsionistas para acomodarnos al asiento y realizamos cualquier extraña cábala para matar el tiempo. Jugamos a quedarnos dormidos para que al despertar mágicamente queden diez minutos para conseguir nuestro objetivo.

Con la emoción apretando nuestro cuerpo se llega a destino. Paradójicamente un malévolo pensamiento hace que contemos cuánto nos queda para volver a casa. A partir de ahí y con el amargor del regreso, todo se acelera y apenas apreciamos a qué velocidad hacemos esto o aquello. El tiempo se dispara y por la noche parece que le pedimos tranquilidad al reloj.

La estancia se acorta a pesar de que los días continúan con 24 horas y cada hora con 60 minutos. El tic tac vuela aunque nos hace algún guiño amenazado por la advertencia nocturna que se materializa en una panorámica, en un plato típico en un restaurante o en el estudio de las abuelitas que van cargadas con la compra. Incluso la desesperación vuelve a saludarnos en las enormes filas para entrar a algún atractivo deseado pero se esfumará de inmediato.

En el viaje, el tiempo juega con nosotros. Estamos a su merced, esclavos de su ritmo cansino, de su ritmo atropellado. El tiempo se esfuma y se ralentiza, se alarga y se pasa volando.  De vuelta a casa ya planeamos la siguiente aventura, el próximo capítulo de nuestro cuaderno de viajes pero aún nos queda por delante una larga espera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: