Archivo mensual: febrero 2013

Tuk Tuk Travels: dos profesores a tres ruedas

Nik, Rich y Tommy Tembo. / TUK TUK TRAVELS

Nik, Rich y Tommy Tembo. / TUK TUK TRAVEL

Nick y Rich son dos profesores ingleses. Tommy Tembo, el nombre de su tuk-tuk, un triciclo indio es su compañero de viaje. Los tres tienen un objetivo: hacer conciencia del estado internacional de la educación.

TUK TUK TRAVELS,  tiene como desafío recaudar fondos para fomentar distintos proyectos educativos en países en desarrollo. Hace unos días pasaron por Lilongwe, Malawi, tras dejar Inglaterra el día después de las Olimpiadas. “En Europa y Norteamérica no apoyamos proyectos, simplemente nos sirve de escala para llegar a nuestros destinos”.  En Egipto es donde empezó el verdadero reto tras cuatro semanas haciéndose a la carretera.

Con esta expedición estos profesores quieren hacer conciencia de cómo la clase política mira hacia otro lado en  cuestiones relacionadas con la materia docente. Los números publicados el pasado junio presentan 61 millones de niños  sin escolarizar en todo el mundo. De ellos 31 millones viven en el África sub-sahariana. A pesar de ser una acción complicada, ellos están dispuestos a aportar su granito de arena para intentar rebajar la cifra de 72 millones de no escolarizados que la UNESCO prevé para 2015.  En el siguiente enlace, en inglés, se puede echar un vistazo al informe realizado en 2008 con las miras puestas a dentro de dos años: http://unesdoc.unesco.org/images/0015/001548/154820e.pdf

Tommy Tembo en camino

Tommy Tembo en camino

“Nuestra generación está fracasando. Nada cambia. Los gobiernos se comprometen a cumplir objetivos que nunca cumplen. Nadie sabe, nadie se queja” son las palabras de estos aventureros que quieren que los objetivos de la comunidad internacional para el nuevo milenio no se queden en palabras que se lleva el viento.

También especifican que ir al colegio no es obtener una educación. Por el camino se han encontrado con cientos de jóvenes que abarrotan clases, ausencia de profesores o lecciones bajo un baobab. Se deben encauzar las medidas para otorgar las herramientas necesarias que hagan de la educación “el arma que se usa para cambiar el mundo”. Esta frase de Nelson Mandela, que está impresa en las tarjetas de visita de Nick y Rich, es la base de esta expedición que llevan pensando desde hace siete años.

El propósito se concibió tras un primer encuentro con una tuk tuk en Nepal. Nick y Rich daban clases como voluntarios. La idea salió del bar donde según el padre de Nick nunca debió salir.  Las ganas no se quedarían esta vez entre cervezas y sueños quebrantados. Los escépticos de esta iniciativa, empezando por sus familias, observaron cómo la empresa tomaba forma y tras conseguir diversos apoyos y ahorrar durante más de cuatro años estaban listos para echarse a la carretera.

El 100% de las donaciones va a parar a los distintos programas educativos. Estamos en proceso de subir a nuestra web los siete proyectos que hemos encontrado en África y vamos a apoyar”.  A pesar del reducido espacio de la tuk tuk, llevan todo lo necesario para filmar los proyectos para que el donante pueda elegir y saber dónde va el dinero.  Además a través del videoblog de su web se pueden seguir los episodios de esta gran odisea.

Atrás quedó el desierto de Sudán, los días sin ducha y  faltos de provisiones. Lugares sin asfaltar y carreteras secundarias que favorecen el acercamiento a las personas y a la cultura. “¿Cuántos niños estarían interesados en lo que estamos haciendo si bajásemos de un 4×4?”.

A pesar del miedo a quedar tirados en la carretera, las incomodidades del medio de transporte y las adversidades del camino, las sonrisas de los niños, el calor humano y la amistad han hecho que estos dos amigos miren hacia delante.

La “estúpida” idea ha ido tomando forma de manera lenta, como los escasos 50 kilómetros hora de su tuk tuk, para convertirse en realidad.  Hasta la fecha, 6.400 libras y 84 donaciones.

Han sido apedreados en Etiopía, acusados de espías en Egipto y han empujado a Tommy Tembo en las arenosas tierras del lago Turkana.  En Francia pincharon una rueda y auguraron lo peor para el continente africano. Sin embargo, ahora van camino de Zimbabue y tienen en el horizonte un largo trayecto que les llevará por Asia y América. Y de Buenos Aires a casa por Navidad.

Si lo consiguen, además de haber concienciado por una mejor educación mundial, tendrán el reconocimiento de ser los primeros en dar la vuelta al mundo en una tuk tuk.


¿Periodista de viajes?

El portavoz de cierto ministerio perdió los nervios. Contestaba el teléfono, me pedía perdón y se dedicaba a hacer incómodas pausas. No le interesaba hablar conmigo. Comía su pollo con patatas mientras yo esperaba una respuesta que me satisficiera. No la encontré en los casi cuarenta minutos que duró el encuentro.

Puedo decir que soy ¿periodista de viajes?. A veces la terminología me chirría y me pierdo en ella. Me crea confusión como toda la lista de conceptos que inundan las clases de Teoría de la Información Escrita, por poner un ejemplo. Los conceptos sobre el Periodismo de Viajes se los dejo a mi amigo Mariano Belenguer que sabe mucho más de esto. Y también sabe más en la práctica.

Últimamente cada vez que cubro algún tema de viajes en Malawi, llega el momento del exceso. Supero los límites de lo que pienso podría ser un estándar de un artículo de viajes y pierdo por completo la noción viajera. Quiero saber más.

En mi visita al mercado de Malangalanga para escribir una pieza para Viajeros Urbanos de El País, la escena se repitió. Conocedor de la audiencia de la sección digital del periódico, decidí describir los colores y olores del mercado. Invité al viajero a perderse entre las laberínticas calles cubiertas de polvo y disfrutar de la algarabía de la compra y la venta.

Sin embargo, detrás de todo ello están las personas que trabajan en el mercado. Están sus vidas y sus problemas. Sus quejas. La pieza se publicó el pasado 5 de febrero pero yo seguí indagando.

Nadie quiere saber de mí en ningún organismo. El ayuntamiento de Lilongwe pasa la pelota al ministerio y este me ignora. Mis preguntas son incómodas y así me lo hace saber el portavoz.

Estoy convencido de que ningún medio español quiere saber qué pasa en un mercado perdido de África. Tengo claro que no voy a ofrecer esa información a nadie pero la curiosidad y la posibilidad de dar una respuesta al propio jefe del mercado hace que continúe queriendo saber.

Comencé a preguntarme si un periodista de viajes simplemente debe preocuparse por lo que considera bello y atractivo para sus lectores. Maldije y no entendí la razón de insulsos artículos de viajes como los míos propios. Después comprendí que sin ellos, nadie viajaría a ningún lado. ¿Quién quiere viajar para ver la realidad que se esconde tras un grupo de personas que monta un tinglao con los trajes típicos de su cultura para ganarse unos dólares?. ¿Quién compra una guía con lo peor del país?

Me niego a hacer la vista gorda. Sólo quiero saber cómo más de 200 personas no cuentan con servicios públicos en el foco del comercio de Lilongwe. ¿Por qué no hay ni siquiera una pileta de agua? Quiero preguntar sobre las medidas tomadas por el ayuntamiento.

Quizás me equivoco. Dudo de si estoy haciendo bien o es un flaco favor a Malawi. A su retrato en la escena internacional. Realmente no lo sé. Llevo tres días dándole vueltas.  De lo que estoy convencido es de que a no ser de que trabaje para un medio local, lo que sucede en el mercado de Malangalanga quedará ahí. Todos los saben pero nadie lo dice. Todavía resuena la sentencia “No vas a tener esa información” del portavoz en mis oídos antes de dar por concluida la reunión.

No sé si debo seguir escribiendo sobre lo hermoso que es Malawi y olvidar lo que ocurre alrededor. No sé que soy entonces. ¿En qué consiste un periodista de viajes? ¿Soy un catálogo turístico?

Quizás estoy siendo un entrometido y voy por el camino de ser un periodista blanco que pregunta por cosas que pasan en un país de negros.


25 vistazos


Cañón del Colca. Arequipa, Perú

Cañón del Colca. Arequipa, Perú


El mercado central de Lilongwe

Hace unas semanas pasé unas horas en las entrañas del mercado de Malangalanga, foco central del comercio popular de la ciudad de Lilongwe. Eran las 7:30 de la mañana cuando me adentré en el tumulto de cargadores y transportistas que repartían el género entre numerosos vendedores antes de colocarlo en sus respectivos puestos.

La clientela todavía aguardaba en las casas y decidí preguntar por un buen puesto en el que desayunar.  
”Go out the market. No gur for yu“, me indicó el joven musulmán en su tenderete de alfombras de esparto, canastas y floreros.

Desayuné en el puesto de dos señoras que anonadadas tomaron mi comanda. Numerosos ojos extrañados se preguntaban qué hacía allí. En sus caras podía ver la pregunta de cómo alguien que podía disfrutar de una cuidada atención, un servició más higiénico y en definitiva un mejor desayuno, se sentaba a tomar té y dos rebanadas de pan con mantequilla.

Sector de frutas y verduras del mercado de Malangalanga, Lilongwe

Sector de frutas y verduras del mercado de Malangalanga, Lilongwe

Esperé a que la sorpresa se esfumará y pregunté a Francis, vendedor de periódicos, sobre su trabajo de paperboy. Me contestó en su mejor inglés y cuando partió para vender su pila de 50 diarios, indagué en las dos señoras para extraer alguna información útil sobre el mercado. Su inglés rudimentario dificultó el diálogo que se veía interrumpido por preguntas sin responder y largos silencios finalizados con una sonrisa ruborizada. Busqué la manera de continuar la conversación, necesitaba la historia para un artículo y la palabras boss fue la clave para conseguir mi objetivo.

No sé si me entendieron (“I would like to talk to your boss”) pero al oír la última palabra, la respuesta fui casi inmediata. Una orden a un compañero en chichewa, la lengua local, seguida de otra para mí: “wait”. Sorbí mi té y tras leer algunas líneas del periódico que había comprado a Francis, un señor con pantalones caquis y camisa color mostaza se sentó a mi lado.

John Kwenda es el jefe de sección de cosméticos desde 1998. Junto a él recorrí el mercado de Malangalanga y fue presentándome a los distintos jefes de sección y al jefe del mercado, el señor Mdayamba.  Entrañable, este viejecito me invitó a sentarme en su banco de madera detrás de su puesto de legumbres, germen de este mercado a principios de los años 60.  Hablamos de los problemas de infraestructura del mercado y de las demandas de los trabajadores. Lamentó el tira y aflora continuo con el ayuntamiento para mejorar las condiciones sanitarias del recinto. Me dio la libertad de pasear por el mercado que tan bien conoce, hablar con quien quisiera y pagarle una visita cada vez que me acercase a comprar.

Regresé a casa para repasar mis notas, ordenarlas y escribir la pieza que se publica hoy en Viajeros Urbanos.


Un día cualquiera

A veces me levanto y lo primero que veo es una enorme pelusa que se esconde tras mi mesita de noche. Intento no maldecir en mi primera frase del día y bajo a hacerme el desayuno. Abro el grifo y un sonido horrible, como un viejo carraspeando, me da los buenos días. Tras el desagradable saludo un ridículo hilo de agua hace aparición y como queriendo burlarse desaparece tras unos segundos. El fregadero tiene los platos de las tres comidas de ayer y se suma la última taza de café limpia. Y el antepenúltimo plato de mi vajilla.

Abro una de las botellas de cinco litros donde almaceno agua y vierto un poco en la tetera para calentar lo que será mi ducha. Con la ayuda de una jarra de plástico roja me mojo el cuerpo. Un poco de jabón y vuelta al proceso de enjuagarme. He perfeccionado la práctica y los cinco litros me son más que suficientes para mi ducha.

No son ni las siete de la mañana y ya hace calor. Limpiar el suelo es simplemente hacer que las pelusas se humedezcan a pesar de haber barrido dos veces. Me voy a hacer la compra.

Salgo de casa y el piloto de la gasolina me dice que no llegaré muy lejos hoy. La búsqueda de fuel forma parte de la cacería urbana de cada semana. Con el miedo a quedar tirado, me acerco al supermercado donde no queda leche y la cerveza se esfumó en un par de horas.  Un niño me pide dinero y un hombre quiere encarecidamente que le compre sus diminutas fresas. “No es cuestión de precio, no quiero fresas”.

El banco no me da crédito. No me reconoce las tarjetas o simplemente me dice que mis fondos son insuficientes. No mucho dinero pero algo tengo. Si el cajero está de buen humor me regala 80 billetes de 500MWK que es lo mismo que pedir 100€ en billetes de cinco. ¿Dónde carajo lo meto?

Llego a casa con el coche exhausto tras la cuesta de mi calle y escucho cómo la cisterna se alegra de volver a tener agua. Esta vez la carne se descongela por el corte de luz que se prolonga por más de dos horas. Almuerzo e intento encontrar un buena señal de internet. Las distintas conexiones son lentas y HSPA+, la que puede alcanzar un mega, no quiere que yo revise mi correo electrónico. Quizás haya alguien que quiera contratar a este periodista afincado en alguna parte de África y yo sin saberlo.

La tarde se pasa entre series de televisión acumuladas en un disco duro, páginas de un libro, cocinando o intentando ayudar a que los bachilleres aprendan algo de español.

La noche llega pronto y me acuesto cansado de no hacer nada. Son las tres cuando la alarma se dispara y el panel de control indica que algo ocurre en la cocina. Desnudo bajo a mirar qué ocurre armado con una cantimplora metálica Quechua. La mosquitera está rajada y hay pisadas negras en el quicio de la ventana. Llamo a la policía que no contesta.