Un día cualquiera

A veces me levanto y lo primero que veo es una enorme pelusa que se esconde tras mi mesita de noche. Intento no maldecir en mi primera frase del día y bajo a hacerme el desayuno. Abro el grifo y un sonido horrible, como un viejo carraspeando, me da los buenos días. Tras el desagradable saludo un ridículo hilo de agua hace aparición y como queriendo burlarse desaparece tras unos segundos. El fregadero tiene los platos de las tres comidas de ayer y se suma la última taza de café limpia. Y el antepenúltimo plato de mi vajilla.

Abro una de las botellas de cinco litros donde almaceno agua y vierto un poco en la tetera para calentar lo que será mi ducha. Con la ayuda de una jarra de plástico roja me mojo el cuerpo. Un poco de jabón y vuelta al proceso de enjuagarme. He perfeccionado la práctica y los cinco litros me son más que suficientes para mi ducha.

No son ni las siete de la mañana y ya hace calor. Limpiar el suelo es simplemente hacer que las pelusas se humedezcan a pesar de haber barrido dos veces. Me voy a hacer la compra.

Salgo de casa y el piloto de la gasolina me dice que no llegaré muy lejos hoy. La búsqueda de fuel forma parte de la cacería urbana de cada semana. Con el miedo a quedar tirado, me acerco al supermercado donde no queda leche y la cerveza se esfumó en un par de horas.  Un niño me pide dinero y un hombre quiere encarecidamente que le compre sus diminutas fresas. “No es cuestión de precio, no quiero fresas”.

El banco no me da crédito. No me reconoce las tarjetas o simplemente me dice que mis fondos son insuficientes. No mucho dinero pero algo tengo. Si el cajero está de buen humor me regala 80 billetes de 500MWK que es lo mismo que pedir 100€ en billetes de cinco. ¿Dónde carajo lo meto?

Llego a casa con el coche exhausto tras la cuesta de mi calle y escucho cómo la cisterna se alegra de volver a tener agua. Esta vez la carne se descongela por el corte de luz que se prolonga por más de dos horas. Almuerzo e intento encontrar un buena señal de internet. Las distintas conexiones son lentas y HSPA+, la que puede alcanzar un mega, no quiere que yo revise mi correo electrónico. Quizás haya alguien que quiera contratar a este periodista afincado en alguna parte de África y yo sin saberlo.

La tarde se pasa entre series de televisión acumuladas en un disco duro, páginas de un libro, cocinando o intentando ayudar a que los bachilleres aprendan algo de español.

La noche llega pronto y me acuesto cansado de no hacer nada. Son las tres cuando la alarma se dispara y el panel de control indica que algo ocurre en la cocina. Desnudo bajo a mirar qué ocurre armado con una cantimplora metálica Quechua. La mosquitera está rajada y hay pisadas negras en el quicio de la ventana. Llamo a la policía que no contesta.

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