¿Periodista de viajes?

El portavoz de cierto ministerio perdió los nervios. Contestaba el teléfono, me pedía perdón y se dedicaba a hacer incómodas pausas. No le interesaba hablar conmigo. Comía su pollo con patatas mientras yo esperaba una respuesta que me satisficiera. No la encontré en los casi cuarenta minutos que duró el encuentro.

Puedo decir que soy ¿periodista de viajes?. A veces la terminología me chirría y me pierdo en ella. Me crea confusión como toda la lista de conceptos que inundan las clases de Teoría de la Información Escrita, por poner un ejemplo. Los conceptos sobre el Periodismo de Viajes se los dejo a mi amigo Mariano Belenguer que sabe mucho más de esto. Y también sabe más en la práctica.

Últimamente cada vez que cubro algún tema de viajes en Malawi, llega el momento del exceso. Supero los límites de lo que pienso podría ser un estándar de un artículo de viajes y pierdo por completo la noción viajera. Quiero saber más.

En mi visita al mercado de Malangalanga para escribir una pieza para Viajeros Urbanos de El País, la escena se repitió. Conocedor de la audiencia de la sección digital del periódico, decidí describir los colores y olores del mercado. Invité al viajero a perderse entre las laberínticas calles cubiertas de polvo y disfrutar de la algarabía de la compra y la venta.

Sin embargo, detrás de todo ello están las personas que trabajan en el mercado. Están sus vidas y sus problemas. Sus quejas. La pieza se publicó el pasado 5 de febrero pero yo seguí indagando.

Nadie quiere saber de mí en ningún organismo. El ayuntamiento de Lilongwe pasa la pelota al ministerio y este me ignora. Mis preguntas son incómodas y así me lo hace saber el portavoz.

Estoy convencido de que ningún medio español quiere saber qué pasa en un mercado perdido de África. Tengo claro que no voy a ofrecer esa información a nadie pero la curiosidad y la posibilidad de dar una respuesta al propio jefe del mercado hace que continúe queriendo saber.

Comencé a preguntarme si un periodista de viajes simplemente debe preocuparse por lo que considera bello y atractivo para sus lectores. Maldije y no entendí la razón de insulsos artículos de viajes como los míos propios. Después comprendí que sin ellos, nadie viajaría a ningún lado. ¿Quién quiere viajar para ver la realidad que se esconde tras un grupo de personas que monta un tinglao con los trajes típicos de su cultura para ganarse unos dólares?. ¿Quién compra una guía con lo peor del país?

Me niego a hacer la vista gorda. Sólo quiero saber cómo más de 200 personas no cuentan con servicios públicos en el foco del comercio de Lilongwe. ¿Por qué no hay ni siquiera una pileta de agua? Quiero preguntar sobre las medidas tomadas por el ayuntamiento.

Quizás me equivoco. Dudo de si estoy haciendo bien o es un flaco favor a Malawi. A su retrato en la escena internacional. Realmente no lo sé. Llevo tres días dándole vueltas.  De lo que estoy convencido es de que a no ser de que trabaje para un medio local, lo que sucede en el mercado de Malangalanga quedará ahí. Todos los saben pero nadie lo dice. Todavía resuena la sentencia “No vas a tener esa información” del portavoz en mis oídos antes de dar por concluida la reunión.

No sé si debo seguir escribiendo sobre lo hermoso que es Malawi y olvidar lo que ocurre alrededor. No sé que soy entonces. ¿En qué consiste un periodista de viajes? ¿Soy un catálogo turístico?

Quizás estoy siendo un entrometido y voy por el camino de ser un periodista blanco que pregunta por cosas que pasan en un país de negros.

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