Arica aburre

La primavera llega mientras que en el mundo austral el verano se despide dando paso al tiempo de la nostalgia. Pueblos costeros que recogen los chiringuitos y se echan a dormir esperando que llegue el calor y la ciudad sea de nuevo un hervidero.

Sólo estuve un día en Arica, al norte de Chile, para poder abrazar ese sentimiento de ciudad olvidada tras los meses estivales. Estaba de paso, llegaba desde La Paz tras más de ocho horas montado en un autobús y a la mañana siguiente me esperaba mi vuelo con destino a Santiago de Chile. Iba camino de la añoranza y apenas lo sabía. El frío me despertó en el paso fronterizo de Puracayá cerca del pico más alto de Bolivia, el Sajama.

Ya en tierras chilenas, los vestigios del raíl que en antaño conectaba la capital boliviana con Arica me daban pistas en sus estaciones ruinosas a punto de desplomarse. La maleza abrazaban los esqueletos de las cuatro paredes de las estaciones cuya pintura quedó desconchada y su interior inundado de la arena del desierto. La estación Rosario me advirtió de que llegaba al lugar de la calma tras el bullicio comercial, arquitectónico y corruptivo a más de 4000 metros de El Alto.

En esas pocas horas pude comprobar como Arica es una ciudad donde lo importante es que no pasa nada. Tranquila, es una parada para huir del frío invierno y abrazar el termómetro cuando medio Chile tirita ante las bajas temperaturas.

Arica es la última gran ciudad al norte de Chile, la puerta a Perú. Casa de la Universidad de Parinacota, su estilo permanece anclado en el pasado colonial en torno a la Plaza principal, la Plaza Colón. Allí se levanta la catedral de San Marcos, una de las pocas que he visto sin exuberancias, invitando al visitante a un rezo entre baldosas negras y blancas y unas cuidadas maderas de color marrón.

Arica es un buen lugar. Me dio reposo cuando estaba apunto de despeñarme por el acantilado de la excitación en la recta final de mi viaje sudamericano. “Ahora que el viaje termina me invade la calma”.

El Morro, cerro costero insignia de la ciudad de Arica

El Morro, cerro costero insignia de la ciudad de Arica

Arica, donde no pasa nada si no es verano. Cuando la rutina administrativa continua su curso y los niños están en el colegio. Arica es una tarde de invierno en la que los jóvenes hacen fila para ver la recién estrenada película de Kramer, famoso cómico chileno, y en el mercado echan el cierre al terminar el día. En ese instante, el sol con sus últimas fuerzas pega una sacudida de color que chisporrotea verde, rojo y blanco en el mobiliario de la ciudad.

Un oasis al final de una zigzagueante carretera que rodea montañas de arena enormes. Dunas que parecieran amenazar con desmoronarse en cualquier momento e ir a parar al océano Pacífico.

Leo el periódico ante la mirada su Morro, un cerro costero apuñalado por la bandera chilena. Doy el último respiro antes de volver a casa. Un paseo junto a una orilla para volver al hostal y acogerse a que Arica siga siendo una de las ciudades más aburridas en las que he estado.

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