Zomba y el espresso de la meseta

En la subida a la meseta de Zomba, rumbo al famoso hotel que corona la ascensión, se encuentra un pequeño e italiano hostal. Jardines bien cuidados, una de las mejores cocinas en el país y una parada en para la nostalgia.

Casa Rossa acoge al visitante y lo acomoda como si fuera de la familia. Con poca promoción comienza a recibir a muchos huéspedes que visitan la que fuera la antigua capital de Malawi en un lugar hogareño y sencillo. Cuenta con sólo tres habitaciones y un antiguo garaje convertido en un dormitorio para 6 personas. Lo mejor es acampar entre plataneros y árboles de guabas y aguacates y despertar cuando el rocío todavía empapa la hierba.

Zomba es un retiro cuando las altas temperaturas inundan Malawi. El sol se hace soportable en una climatología que refresca por las noches en los meses de la estación de lluvia. En mayo, junio y julio el frío impera por mucho que en la mentalidad occidental África e invierno sean incompatibles.

Casa Rossa evoca al hogar. El viajero que ha pasado por el calor seco del Parque Nacional de Liwonde, por la desordenada Lilongwe y se ha divertido en el lago, encuentra en este hostal un lugar para rememorar de dónde viene. Casa Rossa juega con las temperaturas que aportan la orografía de Zomba y arropa al huésped con el edredón del buen comer. Como si se estuviera en casa.

Ravioli, gnocchi y tortelloni y de acompañamiento un buen vino tinto. El hostal termina siendo un lugar donde el visitante acaba pagando más por la comida que por el alojamiento. Y con gusto.

Huésped disfrutando de la tranquilidad de Casa Rossa

Huésped disfrutando de la tranquilidad de Casa Rossa

El restaurante además se sitúa en la terraza que invita a pasar la tarde soñando despierto. Los catorce escalones que separan el suelo de la entrada es el resultado de un porche de altura que rodea la casona rossa. Un balcón para echar a perder la vista entre las frondosas montañas y en las llanuras que se extienden en dirección al lago Chilwa, el segundo más grande de Malawi. Incluso en un día claro se puede percibir la cordillera de Mulanje rodeada de viscosas nubes que la esconden a menudo.

A media tarde llega el momento del recuerdo. Es la hora de ponerse unos calcetines y la sudadera de andar por casa. El frío envuelve a los visitantes al caer la noche y no lo suelta hasta bien entrada la mañana. La carne se agallina y hay que pasar al salón interior del restaurante donde una chimenea atempera el cuerpo y el espacio. Alguna nube cabreada aparece sin avisar descargando con violencia trayendo a la memoria los días de sofá y manta, algo impensable en el viajero cuando viene a este lugar del planeta.

De golpe el viajero “vuelve” a casa sin haberlo planeado. Recuerda el invierno, el que se antoja cuando se echa de menos. La combinación del frío y la buena mesa deja un regusto de morriña antes de continuar con el camino.

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