Archivo mensual: junio 2013

Trabajo de verano

Tras un par de días de mudanza, ahora disfruto nuevamente de la tranquilidad de Cape Maclear, junto al lago Malawi. Se puede decir que tengo 5 días de vacaciones. Me preparo para volver a Europa. Lilongwe, Blantyre, Adís Abeba, Londres, Canterbury, Worcester. Ese es mi itinerario en los próximos días.

Vuelvo al mundo occidental con un trabajo de verano. El periodismo no paga mi manutención. Hay que buscar otros trabajos y apurar los ratos libres para escribir, terminar un artículo o leer. Desde el momento que me baje del avión en Heathrow, tengo un trabajo. Seis semanas que harán que el blog se resienta como lo ha hecho las últimas semanas cuando me vi trabajando para un colegio de Lilongwe.

Sin embargo, habrá espacio para publicar algo en Viajeros Urbanos, en Periodismo de Viajes y continuar con la búsqueda de que otros medios se interesen en algo de lo que guardo en el cajón.  Sigo buscando nuevas ideas, nuevos reportajes y nuevos proyectos que aparecen en el horizonte. Trabajos que están esperando su oportunidad.

Con esto, pasen un buen verano. A mí me espera el estío inglés con sus constantes cambios de temperatura, sus días soleados que se emborronan en unos minutos. Y la lluvia. También habrá tiempo para la familia y los amigos. Vuelvo a España para pasar unos días y volver en septiembre a mi casa. Porque Malawi es ahora mi casa.

Encuéntrame aquí. Cape Maclear, Malawi

Encuéntrame aquí. Cape Maclear, Malawi

Pasen un buen verano o invierno.

Nos leemos pronto.


Dedza, cerámica y montañas

Dedza es un pequeño municipio situado a poco más de hora de Lilongwe. Es la escapada perfecta de la capital, una alternativa al lago. En plena cordillera del Valle del Rift, la temperatura desciende olvidando el calor y es una oportunidad para los visitantes que buscan tranquilidad y buena comida.

Dedza es la residencia de la mayor producción de cerámica del país siendo una de las paradas preferidas entre los que viajan a Malawi. Dedza Pottery, además de un lugar de visita para contemplar la artesanía local, acoge el restaurante Kapesi que cuenta con la mejor cheesecake del país en su carta. El complejo también  tiene alojamiento para quedarse a pasar la noche en un paraje relajado donde la montaña Dedza de más de 2000 metros es un atractivo para una mañana de excursionismo.

Como regalo, el municipio colinda con la reserva forestal de Chongoni segundo Patrimonio de la Humanidad del país tras el Parque Nacional del Lago Malawi. La zona de arte rupestre de Chongoni contiene 127 lugares en los que se pueden ver pinturas dibujadas entre montañas y cuevas, algunas de las cuales son de hace más de 10.000 años.

A tan sólo 15 minutos del centro de Dedza, en dirección sur, se encuentra la aldea de Bembeke donde su catedral de ladrillos colorados muestra la singularidad de este templo decorado con frescos del artista local Michael Kapalamula.

Esta semana Viajeros Urbanos recoge la experiencia surgida del fin de semana que pasé por aquel pequeño municipio en el artículo Mucho más que una alfarería africana

Interior de la Catedral de Bembeke

Interior de la Catedral de Bembeke


Valdivia. Lluvia, cerveza y nostalgia

Valdivia es un charco de agua. La capital de la Región de los Ríos, al sur de Chile, es un vendaval, un aguacero que invita a quedarse en casa. Sin embargo, más vale cantar bajo la lluvia porque en la que es la puerta a la Patagonia chilena llueve unos 181 días al año. Se salva el mes de febrero con un promedio de 8 días lluviosos.

A 841 kilómetros de la capital, Santiago de Chile, cae agua de forma mansa, como no queriendo hacer ruido pero empapando. En esta sociedad urbana con prisas que lleva paraguas, Valdivia se convierte en un lugar inhóspito para el visitante. Un cielo gris pero que invita a quedarse. Acogedora y respetuosa con el medio ambiente, los valdivianos se paran a conversar mientras el cielo truena.

Árboles abrazados al río,  Jardín Botánico de la UACh

Árboles abrazados al río, Jardín Botánico de la UACh

Al valdiviano le gusta la lluvia. Está incómodo sin ella y con esta climatología el abrigo se pasea por el verde Jardín Botánico del campus de Isla Teja de la Universidad Austral. Tras dejar la monumental alameda escoltada por los infinitos árboles, los universitarios se pierden por la combinación de plantas, exhalan el olor a hierba fresca y ven pasar el río sentados entre libros. “Conocimiento y naturaleza” reza el eslogan de la universidad dando pistas sobre la filosofía de la institución y de la propia ciudad. Hay otros que traman actuaciones, preparan una u otra idea y le dan a la ciudad el carácter cultural por el que destaca. De ahí su Festival Internacional de Cine.

También en la Isla Teja hay lugar para otros más tiernos, más encendidos que se empapan en el Parque Saval. En el escondite donde las esculturas de madera saludan al visitante, las parejas se sientan a mirar las flores de loto que rebosan las lagunas. Un ratito para el martes por la tarde.

Valdivia se construye a cada tiempo. Azotada por los maremotos, el más grave datado en 1960 destruyó el 90% de la ciudad, es reflejo de trabajo y constancia.  Y de determinación alemana. Y es que la colonización germana procede de 1840 y continua presente en mayor medida en sus dulces, en sus cervezas.

Pescadero en el Mercado Fluvial de Valdivia

Pescadero en el Mercado Fluvial de Valdivia

En Valdivia el agua se bebe del grifo directamente. Nada de filtros como en la mayoría del país. Agua fresca por sus cañerías pero cerveza por sus venas. Los valdivianos apenas disfrutan de las marcas nacionales Escudo y Cristal. Ellos se dejan querer por marcas tradicionales, alemanas, con raíces. Kuntsmann, Selva Sur, Slazburg y otras que se fermentan en las bañeras de las casas se preparan siguiendo la tradición. La Bierfest organizada por Kuntsmann es un ejemplo que se celebra anualmente en enero, verano chileno, y que es el mes más cálido.

La Valdivia que conozco es sin embargo la del frío. El que se cuela por debajo de las puertas y compite con las cocinas de leña que calientan la casa.  Cuando llueve con más rabia y se encogen los hombros como acostumbrándose al chaparrón.

Un paseo por la Costanera, bordeando la ciudad de la mano del río para acabar en el mercado fluvial en el muelle Schuster. Choritos, salmón, jibias, almejas… El repertorio del pescado fresco que hace las delicias de los lobos marinos que se arremolinan en la orilla del río para hacerse con algún bocado.

Esta es la Valdivia de la nostalgia. La que huele a mazapanes, a tecito caliente y a hallulas. La que compra bombones en la chocolatería Entrelagos. La que recuerdo.

Cuando uno se cansa de la lluvia siempre viene bien pararse a conversar en uno de los tantos bares cuya clientela universitaria alumbra la noche encapotada. Con cerveza en mano, un crudito, si es en Hausmann mucho mejor, y una charla interminable se apaga la noche.

Eduardo, es hora de volver a casa.