Archivo mensual: marzo 2014

Viajar por la ventanilla

Se viaja de muchas maneras. Se viaja desde el sofá sumergiéndose en cualquier libro. Se viaja comiendo. En estos tiempos que corren viajamos todos los días gracias a la conexión a Internet. Sin movernos, pinchamos en enlaces que nos muestran imágenes de casi cualquier parte del mundo.

Últimamente me encanta sin embargo, el viaje de ventanilla. No aquella del tren que pasa rápida acompasando el cerrar de ojos con los postes del tendido eléctrico que hacen de enlace entre una imagen y otra. Ese escenario veloz que sólo es interrumpido por el revisor de billetes. Hace meses que no me subo a un avión donde la ventanilla es el escape a volar. Se miran las nubes, se dibujan mentalmente fronteras de terrenos espiados desde las alturas y se vuelve a la incomodidad de la clase turista cuando la mano toca la fría fibra de plástico redondeada.

Últimamente hago viaje de ventanilla cuando recorro las aceptables carreteras de Malawi en mi viejo Toyota Corolla. He comprobado que es genuino. Entrañable. Veo pasar la vida. La de los otros.

La tierra agrietada. Los baobabs solitarios y el paisaje naranja de la estación seca. Meses más tarde, cuando truena la tormenta, los campos se llenan de los altos y verdes maizales. Las cabras se pelean y los niños juegan con neumáticos viejos. Las mujeres cargan cubos de aguas en sus cabezas y los hombres juegan al bao a la sombra. Las batatas se fríen en un take-away montado con unos maderos. Al lado un tinglado hace las veces de carnicería de la que cuelga un animal descuartizado.

Sin dejar de prestar atención a la carretera, sobre todo si se va conduciendo, se pueden observar distintos instantes de la rutina. A veces anodina pero en ocasiones el mirar por la ventanilla trae escenas que se escapan a la cámara fotográfica. Ese instante no se repite pero queda grabado como una anécdota en nuestro diario de viaje. Se deja de experimentar mediante el visor y se abren los ojos.

*También publicado en Periodismo de Viajes

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Godfrey Masauli. Ndizotheka

Nombre: Godfrey Masauli
Edad: 24 años
Lugar de residencia: Chileka, Blantyre
Nacionalidad: malauí

Sueño: ser piloto 

Godfrey Masauli es el niño que vuela. Este joven malauí tenía un sueño, el de ser piloto, que llegó cuando su tío Stanley Masauli, primer malauí en pilotar un avión, le dejó tomar los mandos de una nave por unos instantes con tan sólo 5 años. Godfrey se mantuvo en la escuela a pesar de que había días en los que quería abandonar movido por el destino que persigue a la mayoría de sus compatriotas: la desesperanza de un futuro mejor.

Sin embargo, si quería ser piloto debería dominar el inglés. Su sueño lo mantuvo en el pupitre pero la realidad le golpearía fuerte. Tras finalizar su educación secundaria, su familia no podía permitirse las tasas de la universidad y su tío, debido a la devaluación de la moneda local, el kwacha, a mediados de los 90 tuvo que cerrar su empresa aeronáutica. Las posibilidades de alcanzar su sueño se desvanecían.

Godfrey buscó un trabajo como vendedor de leña primero y en el sector de la construcción después. A pesar de su sueldo calculó que podría pagar su primera clase de pilotaje a la edad de 53 años. En el último tramo de la vida para una persona de Malaui según las estadísticas.

En 2011 y de casualidad la vida de Godfrey cambiaría. Se cruzó con Benjamin Jordan, parapentista canadiense que aburrido de su monotonía viajó a Malaui para enseñar a volar cometas a los más pequeños. Desde ese día en el que intercambiaron las primeras palabras en la carretera de Chichwawa, Godfrey comenzó una aventura para estar en las alturas y “volar como un pájaro”

Esta entrañable historia de persistencia, la de Godfrey Masauli, se publica hoy en Planeta Futuro bajo el título de Godfrey vuela

Durante nuestra entrevista hace un par de semanas, Godfrey me enseñó que con actitud y buen corazón se pueden conseguir hasta los sueños más alocados. En nuestra rutina occidental de comodidades no damos importancia a la voluntad de superar los obstáculos. Muy pocas veces recordamos que “todo es posible” o como dice Godfrey en su lengua natal,  el chichewa, “Ndizotheka!”

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El matrimonio infantil lastra a Malawi

Hace un par de años, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FPNU) estimaba que en 2010 había 338.000 mujeres malauíes de entre 20 y 24 años que habían contraído matrimonio antes de los 18. El estudio llamado “Casarse demasiado joven” además advertía que de continuar la tendencia la cifra aumentaría a 631.000 chicas para 2030.

La organización Human Rights Watch (HRW) publicó a principios de mes otro informe, esta vez llamado “Nunca he sentido felicidad”, en el que se hace eco de nuevo de la situación en Malawi del matrimonio infantil.

A pesar de los reconocimientos constitucionales de los derechos de la mujer en Malawi, las niñas siguen consideradas como una carga económica para las familias que las fuerzan a casarse una vez han tenido la primera menstruación. La presión para las jóvenes es muy grande especialmente en las áreas rurales donde las pequeñas incluso pueden llegar a ofrecer servicios sexuales a cambio de dinero o comida.

A pesar de las causas económicas para muchas niñas el matrimonio infantil resulta, a priori e ingenuamente, una vía de escape de la pobreza. Sin embargo, la prematura unión aparta a las niñas del colegio y las obliga a mantenerse al cuidado de la casa y de los hijos. Luchar por un sitio en la escuela es “el billete de salida de la pobreza”, comentaba la activista por los derechos de las mujeres malauíes, Seodi White en una reciente entrevista a GuinGuinBali.

En Malawi a pesar de los esfuerzos de la presidenta Joyce Banda por concienciar a una sociedad patriarcal y de las campañas de empoderamiento de las mujeres, todavía queda mucho por avanzar en materia de igualdad de género como detalla el último análisis de Género de las Naciones Unidas.

En GuinGuinBali recojo hoy las medidas propuestas por HRW sobre el matrimonio infantil en Malawi a través de un artículo titulado: La lacra del matrimonio infantil en Malaui


La malaria asciende al altiplano etíope

El paludismo, más conocido como malaria, es esa infección de los glóbulos rojos de nuestro organismo mediante la picadura de mosquito generando fiebre, cefaleas y vómitos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es vital un tratamiento rápido y eficaz para paliar la enfermedad. De no tratarse puede ser letal. Los datos de la propia OMS así lo reflejan en su último informe que recoge que en 2012 se produjeron más de 200 millones de infecciones de los cuales se estiman que 627.000 de ellas acabaron en muertes. El continente que más sufre es África cuya población infantil es la más afectada.

Existen en África zonas endémicas de paludismo y en muchas de ellas los parásitos han desarrollado una resistencia a los medicamentos para tratarlo. A la espera de una futura vacuna es muchísima la población mundial que padece los efectos de la picadura de las hembras del mosquito Anofeles, portador del plasmodium parásito de la malaria.

Un informe publicado en el número de marzo de la revista Science ha dado las claves de cómo el cambio climático es uno de los factores que ha provocado la expansión de la enfermedad a altitudes que se encontraban por encima del límite donde el mosquito portador podía sobrevivir. El estudio viene de la mano de la profesora de la Universidad de Michigan Mercedes Pascual quien con sus compañeros ha analizado cómo en las zonas montañosas de Etiopía la malaria se ha extendido entre los 1600 y 2400 metros.

Fotograma de "Una verdad incómoda" / ©Paramount Pictures

Fotograma de “Una verdad incómoda” / ©Paramount Pictures

La ascensión de las temperaturas ha traído una expansión de los casos de malaria en una región en la que viven 37 millones de personas, el 43% de la población etíope y que según explica Pascual se vería seriamente afectada si la temperatura continua en aumento.

La malaria se extiende a las altitudes etíopes es el artículo publicado en GuinGuinBali donde recojo más información sobre el informe y las consecuencias que Etiopía afrontaría de no mitigarse la crecida de las temperaturas.


Mañana en la Vega Central

La Vega Central, en el corazón del barrio santiaguino de Recoleta, es el mercado más importante de Chile. Todo lo que se produce en el país sudamericano se encuentra en sus aproximados 6000m2 que conforman una de las experiencias vitales para todos los que aterricen el Santiago de Chile.

La Vega fue mi excursión semanal durante toda mi estancia chilena. Cada sábado, con pocas excepciones, me perdía entre los más de 800 establecimientos de este epicentro comercial donde los colores de la frutas y las verduras se entremezclan con los olores de la cocina popular. Aunque reconocida internacionalmente, La Vega tiene que hacer frente a los estereotipos locales y a una gran parte de la ciudad que prefiere desentenderse del desbarajuste de un recinto abarrotado. En La Vega se elige el producto, la compra se personaliza con el tendero y se olvidan los automatismos de los pulcros, desangelados y apáticos supermercados.

Con los recuerdos de las buenas mañanas de mercadeo y mi nostalgia santiaguina, hoy añado a mi lista de colaboraciones a los amigos de La Línea del Horizonte. Me estreno en su blog con una visita melancólica a La Vega y paseo de nuevo por sus pasillos cargados de sacos de patatas, mallas de naranjas, cajas de tomates y pimientos, cortes de vacuno para un asado y contenedores de salsas de ají.

Esta visita a La Vega puede leerse completa en La Vega, el corazón de Santiago de Chile

Uno de los pasillo en La Vega Central

Uno de los pasillo en La Vega Central

 


Cervezas de Malawi

No hay que esperar mucho tiempo para que el viajero que aterriza en Malawi se refresque el buche con una cerveza fría. El calor siempre invita a ello.

Malawi bebe cerveza a pesar de algunos intentos con el vinoEs curioso cómo desde 1968 el grupo Carlsberg asentó la que sería la primera fábrica de cerveza del grupo fuera de las fronteras danesas. La compañía tiene desde entonces distintas cervezas en el mercado entre las que destaca la Greenla clásica rubia y la preferida por los visitantes. Para una cerveza más robusta siempre se puede pedir la negra Stout y mi favorita es la refrescante e inmensa, más de 600ml la botella, Kuche Kuche.

Sin embargo, Malawi siempre ha sido un país bebedor de cerveza artesanal, doméstica y con los ingredientes caseros. Así, el maíz sustituye a la cebada para dar unas cervezas, si pueden llamarse así, de alto contenido nutritivo y que llegan a ser todo un reto para el paladar extranjero.

Chibuku Shake Shake es la cerveza casera de Malawi, la del que no puede permitirse una embotellada y la que siempre se comparte entre los locales. Es toda una aventura lanzarse a beberla debido a su ácido sabor que puede resultar dulce según el grado de fermentación del maíz.

Sobre Chibuku Shake Shake y otras cervezas consumidas en Malawi es de lo que trata el siguiente artículo publicado hoy en Viajeros Urbanos, En Malaui la cerveza se agita

En el siguiente vídeo se puede ver el impacto de esta cerveza en Zambia, de donde es originaria, y cómo se ha modernizado su consumo. En Malawi, a pesar de que comienza a expandirse el embotellado de la Chibuku todavía se deja esa imagen añeja del que bebe del cartón.


Visita al colegio Jacaranda

El alumnado, más 400 estudiantes, de Jacaranda School / ©JacarandaF

El alumnado, más 400 estudiantes, de Jacaranda School / ©JacarandaF

El colegio Jacaranda se encuentra a las afueras de Blantyre, la capital financiera de Malaui. Entre casas de ladrillo y adobe una señal indica el giro hacia el único centro educativo gratuito del país.

Marie Da Silva es su fundadora. Ella es una malauí que trabajó 19 años como niñera en los Estados Unidos y que supo luchar para asentar las bases de un proyecto pedagógico que a día de hoy acoge a más de 400 huérfanos de sida. Cuando se enteró que unos 50 niños iban a perder sus clases debido al cierre de la escuela en su aldea natal, convenció a su madre para que convirtiera su casa en un colegio que abrió sus puertas en 2002. Desde Nueva York enviaba la tercera parte de su salario para pagar recursos, cuentas y los sueldos de los profesores. El colegio creció, más alumnos llegaban a las clases y ella hacía todo lo posible para mantenerlo abierto.

El centro se mantenía a flote como podía, con ayuda de sus amigas niñeras y de los adelantos de sus jefes. A pesar de crear la Fundación Jacaranda para financiar la escuela, nadie quería dar dinero a una niñera para enviarlo a África.

Sin embargo, la CNN se hizo eco de su historia en 2008. Desde entonces todo ha sido más fácil. La que fuera su casa no era suficiente para acoger a los 230 alumnos matriculados por entonces y con el dinero que recibió tras su aparición en televisión decidió levantar una escuela de educación secundaria.

En estos 11 años la transformación de la escuela Jacaranda ha sido gigantesca. Basada en la educación como motor de cambio, en actividades como la pintura, la escritura y la música, el colegio otorga un futuro más próspero a estos jóvenes malauíes. Estos son los niños que han ido crecido con Jacaranda y de los cuales 25 de ellos han podido ir a la universidad. Ellos han sido testigos de cómo el garaje se convirtió en el taller de plástica, de la construcción de un laboratorio para sus clases de ciencia y de una cancha de baloncesto, de la llegada de libros donados que llenan dos bibliotecas o de cómo Microsoft donó algunos ordenadores que forman parte del aula de informática. Además Marie puso empeño en la construcción de una enfermería para examinar a los jóvenes y que no perdieran horas lectivas.

Marie tiene una historia de superación. Una historia de éxito que ocurre al sur de Malaui y donde el destino de los huérfanos de sida mejora ya que Jacaranda les otorga las herramientas necesarias para que los estudiantes sean como otros niños cualquiera.

Hace un par de semanas, pude vivir in situ cómo funciona la escuela Jacaranda y tuve la oportunidad de hablar con Marie Da Silva. El reportaje de esta visita, La escuela de las oportunidades, se publica hoy en el blog de El País, 3500millones.