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Vacaciones de invierno II: Días de lluvia

Visitar el sur de Chile en pleno invierno invita a convertirse en un ermitaño. El sur llama a olvidarse de la contaminada, congestionada y bullente capital. Dejarse perder en una zona tranquila y relajada.

Mi idiosincrasia sureña y cálida no está acostumbrada a la lluvia, al frío y a los días encapotados sin ningún atisbo de sol. No soy amigo del gélido viento que silba fuerte y me confunde la bruma matutina que se despeja entrado el mediodía. Llueve incluso sin querer, calándome. Chispea y estoy completamente empapado. Tanto en la Región de los Ríos como en la de los Lagos, se distinguen las variadas maneras de llover.

En los campos, en los montes, en los bosques y en los parques el verde no es sólo uno. Claro, oscuro, pistacho, verde agua, verde Betis… Tengo muchas fotografías grises. Nubes enojadas que se desahogan con rabia. Carreteras de tierra embarradas y caminos desiertos. Parques naturales solitarios sin el promocionado ecoturismo. Empresas de deportes acuáticos cerradas y touroperadores que hibernan hasta los primeros días de noviembre. Hoteles y hostales se renuevan y dan otra cara a sus fachadas para esperar a las personas que vendrán en verano huyendo del calor.

Jardín Botánico de la Universidad Austral de Chile. Valdivia

Estos lugares son aptos para la jubilación y el retiro. Calefacción a combustión, pan amasado, sopas y un buen vino. Los pies resguardados en unas babuchas de cordero y distintas artesanías de madera decorando la estancia donde se lee algún libro. Una cerveza de casa hecha en cualquier bañera y tiritones en un cuerpo desnudo que se va a la duña.

La calidad de vida hay que combinarla con el precio que se paga para acostumbrarse al clima. Aquí se ganan años y se pierden rayos de sol.

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Mochileando

Queridos amigos viajeros,

la dejadez en el blog se debe a que me encuentro viajando, descubriendo y aprendiendo. Hoy hago una parada en Santiago de Chile, antes de continuar hacia Valdivia, para escribir unas líneas a las que le seguirán próximamente algunas historietas, anécdotas y crónicas acerca de Perú, Bolivia y el sur de Chile.

Nos vemos en el camino.

Camino a Aguas Calientes desde Hidroeléctrica, Perú.


Traqueteo

El ramal en su parada en González Bastías

En la región del Maule, no muy lejos de Santiago pero lo bastante apartado para descansar de la vida urbana, existe una joya inmutable de dos vagones y que cada día recorre los 88 kilómetros que separan Talca de Constitución.

En 1892 se creó uno de los ramales más antiguos de Chile y que continua en activo orillando el río Maule durante casi 4 horas. No es uno de estos trenes vintage para pudientes que se ponen de moda. El ramal todavía sigue con su función de ser la única vía de comunicación con aquellas poblaciones maulinas aisladas.

Son las 7:23 de la mañana cuando tras el toque de silbato los dos vagones comienzan a avanzar mansamente por una vía completamente oscura. El revisor sube al primer vagón y cierra la puerta cuya medida de seguridad no es más que un cerrojo corredero. Los viajeros se acomodan en los asientos aturquesados. Las cortinas, color pistacho, se sujetan por un cordel elástico que se vence por el peso de la tela. Las ventanillas se abren de golpe por el traqueteo continuo y los compartimentos están a rebosar de maletas, bolsas, bultos.

El madrugón de ese día sábado casi me deja sin recompensa pero con un poco de suerte y algo de maña periodística conseguí subir al tren. Sólo 80 billetes son los que se venden para realizar en el trayecto matutino a Constitución. No hay posibilidad de reserva previa por lo que se recomienda alargar la noche y después irse a dormir unas horas o levantarse muy muy temprano. La prioridad es para los habitantes y trabajadores maulinos que no tienen otra posibilidad de alcanzar las apartadas y pequeñas poblaciones por las que discurre el ramal.

Clarea el día cuando la maleza y el pasto devoran los raíles. A lo largo del camino campos de siembra, viñedos y muchos invernaderos abandonados. Desnudos de sus plásticos, sus armazones de madera quedan a la intemperie del frío de la mañana.  La luna post llena de la noche anterior se despide y el sol nos saluda en la cola del ferrocarril.

El revisor desayuna mientras conversa con el conductor. Su vaso está envuelto en el humo de su bebida caliente que lo aleja del frío. Los pasajeros sacan sus termos de café o té y se calientan el alma para combatir la helada.

Colín, Curtiduría, Los Romeros, Maquehua son algunas de las paradas en las que se detiene el tren. En González Bastías, paradero intermedio del trayecto, los pasajeros descienden llamados por el olor a café, los huevos cocidos y las tortillas. Estas, lejos de ser españolas o francesas, son unos panes caseros cocinados entre las brasas de un fuego. Un pan cuyo sabor devuelve a los hombres al sabor de la tierra, de lo hecho con cariño.

En González Bastías el tren de Talca se encuentra con el procendente de Constitución. No hay otro raíl para la simultaneidad de ambos por lo que el encuentro es obligatorio. Como dos enamorados se citan para verse cada día ante la atenta mirada de un antepasado ruinoso y oxidado que se conserva en la estación a modo de reliquia. Se ven por en unos minutos para estar a solas en medio de la gente. Se despiden en direcciones opuestas y hasta la tarde.

El paseo acompaña al río Maule que se ensancha desde Curtiduría y se esconde tras los bajos cerros dispuestos en el terreno. Las luces según avanza el día cambian las tonalidades los reflejos de sus aguas. Ferrocarril y río van de la mano camino a Constitución.

No son todavía las once cuando el tren cruza el Puente Banco Arena que supera la desembocadura del río Maule. Se alcanza a ver todo el perfil de la ciudad de Constitución, arrasada por el tsunami de 2010, y a los pocos minutos se llega a destino cerca del centro de la ciudad maucha.

El sabor de lo genuino impregna a las personas que se deciden a realizar el trayecto en uno de los dos sentidos. La ambición por acelerar el reloj y llegar a destino se detiene, existen otras vías alternativas mucho más rápidas. Mi boleto 93788, clase única Talca-Constitución para dos personas de la fecha 7 de abril de 2012, es un pase para perderse entre la naturaleza y disfrutar de un traqueteo que tranquiliza al corazón.


En un rincón escondido de la historia

La mayoría de la población chilena es mestiza. Sus raíces se agarran en un pasado denostado que no tiene lugar en las clases de Historia de la enseñanza básica o secundaria.

La importancia de la gesta del pueblo mapuche pasa desapercibida para muchos chilenos aunque es recogida por distintos historiadores, como Indalecio Téllez, que ensalzan a los araucanos como uno de los pueblos más ilustres de la historia de la Humanidad.

Los mapuches eran valientes, estrategas y férreos. Fueron los únicos que consiguieron derrotar al mejor ejército de la época: el español. Vencieron a estas tropas en superioridad, igualdad e inferioridad a pesar de que el ejército mapuche era uno de los peores en cuanto a armamento o conducta militar. Aún así, la capacidad de adaptación, de innovación y la lucha contra las adversidades fueron las bases para doblegar a las tropas españolas tras tres siglos de enfrentamientos y hacer factico la heroicidad araucana.

El ejército mapuche se valió de sus caballos para crear una especie de infantería montada de la época, se adelantaron a su tiempo y utilizaron un sistema de comunicación de guerra. Podría decirse que era un “telégrafo natural” donde los mensajes eran transmitidos mediante el movimiento de las ramas de los árboles. Jefes tan estrategas como Lautaro guiaron al pueblo mapuche hacía la defensa de sus tierras y hacia una independencia firmada en 1640, en lo que se conoce como la Paz de Quillén, y en la que se evidencia la fortaleza de los araucanos.

Se pueden relatar episodios y batallas que fortalecen el prestigio de un pueblo que queda escondido en los rincones de la historia.  A pesar de que España le otorgó un trato de igualdad y reconoció a los mapuches, Chile niega este pasado. Son muy pocos los que recogen el valor, las características socioculturales y la capacidad militar del pueblo mapuche que se pierde entre etiquetas, injusticias y desprestigio.

Bandera mapuche


Corel

Pueblecito de la precordillera.
Piar de pájaros. Suena el paso de la corriente de agua.
Aire limpio y puro. Camino perdido.
Tierra y olor a humo y a madera.
Manos curtidas y niños con churretes.
Juan Emilio vigilando el “mono” para el carbón.
Una Chrevolet roja del 91.
Pozo ciego. Entibia agua pá asearme.
Un granero y un corral.
El señor Lalo y su hablar cantadito sin modular.
Pulga, un perro fiel.
Dos chanchos. Otro perro. Tres gatos.
Una yegua. Dos potrancas. Un caballo.
No se cuántas gallinas y tres gallos.
Una mata hermosa de perejil.
La señora Yolanda preparando un caldo con patatas y arroz.
Pan amasado calentito. Un vaso de vino tinto.
Noche blanca. Noche fría y dos leños al tambor.
Urea granulada para las frambuesas.
Rastrillos y palas. Riego en surcos.
Campo de trigo y cebada.
Dos limoneros y un naranjo.
Donde poco es mucho. Allí está Corel.


Fundido a negro

Esta noche de sábado una falla en el sistema eléctrico chileno provocó un corte de luz a nivel nacional. Las luces se desvanecieron desde la cuarta a la séptima región por algo más de una hora. Pareció que por un instante regresaba el toque de queda a las calles de Santiago y que el carrete tendría que ser clandestino. La Inmaculada Concepción que corona el cerro de San Cristóbal se sumió en la oscuridad junto con la cruz de la empresa de aspirinas Bayer o el colorado luminoso de Claro, insignia de unos de los edificios de plaza Italia.
La Alameda era una carretera secundaria donde las micros (autobuses) y coches intentaban averiguar el signo de los semáforos mientras todo el tráfico se reducía a un slowmotion continuado.
 
Cuando el apagón llegó yo estaba en casa. Eran las ocho y media. Aurora, mi compañera de piso, y yo cenábamos unas empanadas de pino que ella mismo se había encargado de hacer en la tarde. Allí estaba yo peleándome con el hueso de la aceituna negra cuando alcé la vista.
Mi sitio en la mesa del comedor se orienta al poniente. Las torres de San Borja se apagaban progresivamente. Mi cara pareció congelarse por un milisegundo, el mismo en el que tardó nuestra lámpara del salón en perder potencia. OSCURO. Agarré el extremo de la mesa con mi mano derecha y solté como pude: “¿terremoto?”. Aurora río.

Nuestra conversación se paró ante mi sorpresa de ver cómo “el apocalipsis” se acercaba desde el oeste hasta nuestro edificio y se colaba por nuestras ventanas. En ese instante mi cara tuvo que materializar la extraña sensación de encontrarse con lo desconocido y ella supo que algo pasaba. Fueron dos o tres segundos de patetismo concentrado en el que no dije nada y como persona que nunca vivió un sismo pensé en que iba a ser sacudido en una cuenta atrás que nunca arrancó. Supongo que en mi mente yo vi, como en una de esas películas catastrofistas, cómo el temblor se acercaba hasta llegar al protagonista, en este caso yo, y sorprenderlo. “Si viene te sacude no más. No avisa”


El Dieciocho*

Aquí me tiene por fiestas patrias.
No es el traje apropiado pero perdone, soy extranjero. Aún así no soy nada cuico.
Blanco como la cordillera, no me olvidé del pañuelo.
Ya pasó agosto y se puso guapa. De azul y rojo se pintó la cara.
Es tan sólo un piropo que no vengo a robarle a sus minas.
Me porto bien y me cuido con el copete.
Venga que le invito a la fonda.
Yo zapateo con el Trujillo pero le prometo que no alargo el carrete.
Usted la baila, yo lo intento. No pretenda que sepa cueca.
Tomemos juntos este pisco para bajar el choripán con marraqueta
No se haga la remolona y cánteme algo de Víctor Jara.
¿Qué no se sabe ninguna? ¿Qué tal si da la gracias a la vida como la Parra?
Apalabremos el trato. Por unas lucas yo lo pruebo y si me gusta, me quedo.

“Ya se jue el mes de agosto
lah gatah con permanente
se pintan un rayo ´e sol
para verse diferente” 

“Ya se fue el mes de agosto”, Cuecas. Roberto Parra

*¿Qué es El Dieciocho? www.periodismodeviajes.org/2011/09/15/información-qué-es-el-dieciocho/#permalink