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A los Grammy desde la cárcel

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Carátula de I Have No Everything Here, álbum de Zomba Prison Project

Un grupo de reclusos de la cárcel de Zomba, antigua capital de Malawi, son nominados a los Grammys por su álbum I Have No Everything Here.

El proyecto liderado por el productor musical Ian Brennan surgió en 2013 y a pesar de la gran acogida tras la publicación del disco hace un año, la repercusión se evaporó. Hasta el pasado noviembre cuando estos convictos de Zomba fueron nominados en la 58ª edición de los Grammy bajo la categoría de World Music. No hay constancia de que los reos conozcan su mérito y el propio Ian Brennan reconoce la sorpresa de la nominación.

El proyecto musical hizo que los reos olvidaran el ineficaz sistema penitenciario malauí que los apiña en unas instalaciones que amenazan los derechos humanos. Los participantes pusieron sus experiencias en un trabajo que les dio una tregua y ahora, tras haber conseguido la primera nominación a los Grammy para Malawi, sólo les queda esperar a hacer historia.

Con motivo de la próxima celebración de la gala de los principales premios de la música en los EE.UU. pude hablar con Ian Brennan para dar una visión más cercana al proyecto. La entrevista se publicó en Wiriko: De una cárcel malauí a los Grammy 


Pistas viajeras de Malawi

Playa de la bahía de Makuzi, al norte de Malaui. / MAGDALENA KROHN

Playa de la bahía de Makuzi, al norte de Malaui. / MAGDALENA KROHN

Tras algo más de un mes desde que se acabara mi aventura en Malawi, se publica la última colaboración con Viajeros Urbanos desde el  país sudafricano.  Sin cobertura en Malawi es una recopilación de ideas que se quedaron en el tintero durante mi estancia en Lilongwe. Los destinos del artículo son pistas que complementan a lo ya escrito en la seccion de viajes de El País sobre este desconocido territorio en el que se combinan montañismo, safaris sin aglomeraciones, playas paradisiacas y retiros en reservas forestales.

El texto otorga pistas sobre el trekking en el mazico de Mulanje para los que quieran aventurarse en uno de los parajes de mayor altura del África austral o sobre la Reserva de Majete que ha recuperado a los cinco grandes (león, elefante, búfalo, leopardo y rinoceronte) que pueden verse en un entorno todavía respetado por el turismo de masas. Para los playeros se recomiendan las playas de Chinteche o Kande al norte del lago Malawi y para los que quieran combinar chapuzones y desconexión total lo mejor es perderse en Ruarwe. Las reservas forestales de Dzalanyama, Ntchisi o Viphya son también una posibilidad en la que mezclar descanso y naturaleza. Y todo, como en Malawi, se puede ajustar a cualquier tipo de presupuesto.


Los días interminables de Dzaleka

Passino Ngoie, refugiado congolés que llegó al campo de refugiados de Dzaleka en 2009

Passino Ngoie, refugiado congolés, llegó al campo de refugiados de Dzaleka en 2009

Dzaleka es el único campo de refugiados de Malawi. En 2007 el otro campamento, Luwani, al norte del país fue cerrado por el gobierno. A poco más de 50 minutos de la capital, Lilongwe, Dzaleka acoge a casi 18.000 refugiados en una planicie de albero que se embarra con la temporada de lluvias.

Este campamento es uno de los menores en presupuestos del África austral y sirve de parada para continuar hacia Sudáfrica. Sin embargo, es el hogar permanente de muchos que no cuentan con ningún futuro más allá del día siguiente. Las horas pasan, lentamente, y la rutina ahoga a unos refugiados que lo perdieron todo y se sobreponen como pueden.

He visitado el campamento de refugiados de Dzaleka en tres ocasiones para conocer distintas historias. Las quejas, los problemas y el mal funcionamiento del campo o las dificultades de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) u otras organizaciones como el Servicio Jesuita al Refugiado (JRS) apenas eran un contexto sobre el que construir y entender la realidad diaria de los refugiados. Me senté con los protagonistas a hablar de su pasado, del inaguantable presente y del descartado futuro. Así conocí a  Celestin Kibakuli Basilwango y sus dos hijos. También conocí a Patron Mushamuka y a Kalis Kalombo, así como al matrimonio Bahat y a Byamungu R. Joseph. Todos tienen en común ese campamento al que fueron a parar huyendo de un conflicto, de una guerra o una persecución. A todos ellos les doy las gracias pero sobre todo agradezco a Tresor Nzengu Mpauni quien me acompañó e hizo de traductor.

Hoy en Planeta Futuro se puede echar un vistazo a Dzaleka y conocer un poco más de las circunstancias que se viven en el campo de refugiados en el reportaje Cuando se pierde hasta la incertidumbre. El texto va acompañado de una fotogalería que humildemente compuse y que puede verse aquí


Lo poco que queda

Percy Uwimana, ruandesa y madre soltera que llegó a Dzaleka en 2002

Percy Uwimana, ruandesa y madre soltera que llegó a Dzaleka en 2002

La persona de la fotografía es Percy Uwimana. Ruandesa. Vive en el campo de refugiados de Dzaleka, en Malawi. Llegó con su hijo en 2002 mientras perdía a otro por el camino sin saber muy bien cómo. Madre soltera, ahora tiene cuatro y encara los abusos de los que vienen a asustarla a menudo, a robarle un poco más de lo poco que tiene.

Tiene a Dios. Desde que dejó su país la esperanza fue una biblia a la que agarrarse por el camino. “Se salvó de las llamas”, recuerda Percy. Entre la montonera de trastos de su minúsculo refugio tiende al periodista el libro cubierto por una tapa azul marina que la protege. Tiene varios folletos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. “Ésta es”, dice y se encoge de hombros. Es lo único que conserva de un pasado que se quemó.

El presente son sus hijos. Le duele no poder darles un futuro, una educación. Imagina como loca que ACNUR le encuentra un lugar para reasentarse. Un clavo ardiendo al que agarrarse pero que se enfría a diario.

Sabiendo de las pocas posibilidades que tiene, Percy transita por la vida intentando curarse el alma. Los refugiados cargan con el pasado que los derrota día a día en el presente y les impide mirar al futuro. Percy grita de rabia pero nadie la escucha. Sigue vencida e intenta perder el tiempo pero hasta eso se lo quitaron porque no hay posibilidad de trabajo. Encerrada en una llanura de adobe y polvo en mitad de la nada no le queda ni un menester con el que llenarse de responsabilidad.

Curtida a palos conoce todo tipo de ostias, incluso las que no merece. Sigue preguntándose y no encuentra respuesta. Pero se levanta cada día por sus hijos mostrando el coraje de la gente que lo perdió todo por culpa de una puta guerra.

Percy mira sincera. Se despide e incluso deja vislumbrar una leve sonrisa en su rostro. Es la que desafía al destino y le pregunta: ¿a qué vienes, a quitarme más?

*Artículo originalmente publicado en el Día Mundial del Refugiado, 20/06/2014, en The Objective


Godfrey Masauli. Ndizotheka

Nombre: Godfrey Masauli
Edad: 24 años
Lugar de residencia: Chileka, Blantyre
Nacionalidad: malauí

Sueño: ser piloto 

Godfrey Masauli es el niño que vuela. Este joven malauí tenía un sueño, el de ser piloto, que llegó cuando su tío Stanley Masauli, primer malauí en pilotar un avión, le dejó tomar los mandos de una nave por unos instantes con tan sólo 5 años. Godfrey se mantuvo en la escuela a pesar de que había días en los que quería abandonar movido por el destino que persigue a la mayoría de sus compatriotas: la desesperanza de un futuro mejor.

Sin embargo, si quería ser piloto debería dominar el inglés. Su sueño lo mantuvo en el pupitre pero la realidad le golpearía fuerte. Tras finalizar su educación secundaria, su familia no podía permitirse las tasas de la universidad y su tío, debido a la devaluación de la moneda local, el kwacha, a mediados de los 90 tuvo que cerrar su empresa aeronáutica. Las posibilidades de alcanzar su sueño se desvanecían.

Godfrey buscó un trabajo como vendedor de leña primero y en el sector de la construcción después. A pesar de su sueldo calculó que podría pagar su primera clase de pilotaje a la edad de 53 años. En el último tramo de la vida para una persona de Malaui según las estadísticas.

En 2011 y de casualidad la vida de Godfrey cambiaría. Se cruzó con Benjamin Jordan, parapentista canadiense que aburrido de su monotonía viajó a Malaui para enseñar a volar cometas a los más pequeños. Desde ese día en el que intercambiaron las primeras palabras en la carretera de Chichwawa, Godfrey comenzó una aventura para estar en las alturas y “volar como un pájaro”

Esta entrañable historia de persistencia, la de Godfrey Masauli, se publica hoy en Planeta Futuro bajo el título de Godfrey vuela

Durante nuestra entrevista hace un par de semanas, Godfrey me enseñó que con actitud y buen corazón se pueden conseguir hasta los sueños más alocados. En nuestra rutina occidental de comodidades no damos importancia a la voluntad de superar los obstáculos. Muy pocas veces recordamos que “todo es posible” o como dice Godfrey en su lengua natal,  el chichewa, “Ndizotheka!”

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Visita al colegio Jacaranda

El alumnado, más 400 estudiantes, de Jacaranda School / ©JacarandaF

El alumnado, más 400 estudiantes, de Jacaranda School / ©JacarandaF

El colegio Jacaranda se encuentra a las afueras de Blantyre, la capital financiera de Malaui. Entre casas de ladrillo y adobe una señal indica el giro hacia el único centro educativo gratuito del país.

Marie Da Silva es su fundadora. Ella es una malauí que trabajó 19 años como niñera en los Estados Unidos y que supo luchar para asentar las bases de un proyecto pedagógico que a día de hoy acoge a más de 400 huérfanos de sida. Cuando se enteró que unos 50 niños iban a perder sus clases debido al cierre de la escuela en su aldea natal, convenció a su madre para que convirtiera su casa en un colegio que abrió sus puertas en 2002. Desde Nueva York enviaba la tercera parte de su salario para pagar recursos, cuentas y los sueldos de los profesores. El colegio creció, más alumnos llegaban a las clases y ella hacía todo lo posible para mantenerlo abierto.

El centro se mantenía a flote como podía, con ayuda de sus amigas niñeras y de los adelantos de sus jefes. A pesar de crear la Fundación Jacaranda para financiar la escuela, nadie quería dar dinero a una niñera para enviarlo a África.

Sin embargo, la CNN se hizo eco de su historia en 2008. Desde entonces todo ha sido más fácil. La que fuera su casa no era suficiente para acoger a los 230 alumnos matriculados por entonces y con el dinero que recibió tras su aparición en televisión decidió levantar una escuela de educación secundaria.

En estos 11 años la transformación de la escuela Jacaranda ha sido gigantesca. Basada en la educación como motor de cambio, en actividades como la pintura, la escritura y la música, el colegio otorga un futuro más próspero a estos jóvenes malauíes. Estos son los niños que han ido crecido con Jacaranda y de los cuales 25 de ellos han podido ir a la universidad. Ellos han sido testigos de cómo el garaje se convirtió en el taller de plástica, de la construcción de un laboratorio para sus clases de ciencia y de una cancha de baloncesto, de la llegada de libros donados que llenan dos bibliotecas o de cómo Microsoft donó algunos ordenadores que forman parte del aula de informática. Además Marie puso empeño en la construcción de una enfermería para examinar a los jóvenes y que no perdieran horas lectivas.

Marie tiene una historia de superación. Una historia de éxito que ocurre al sur de Malaui y donde el destino de los huérfanos de sida mejora ya que Jacaranda les otorga las herramientas necesarias para que los estudiantes sean como otros niños cualquiera.

Hace un par de semanas, pude vivir in situ cómo funciona la escuela Jacaranda y tuve la oportunidad de hablar con Marie Da Silva. El reportaje de esta visita, La escuela de las oportunidades, se publica hoy en el blog de El País, 3500millones.


Seodi White, activismo para las mujeres malauíes

Seodi White es abogada, investigadora y activista malauí. Además es la directora de la Sociedad de Mujeres y Derecho para la Investigación y Educación en el África Austral (WLSA en sus siglas en inglés). Esta ONG, con representación en otros seis países africanos, promueve la igualdad de género y la mejoría de leyes a favor de las mujeres africanas.

Sonriente llega con su vestido rojo lleno de estampados de colores vivos. Saluda al periodista y toma asiento. La entrevista tiene lugar en los jardines de uno de los hoteles de Blantyre, la capital financiera de Malaui. Durante toda la conversación White no dudará en mostrar su cara más amable, hablar efusivamente sobre los derechos de la mujeres en su país e incluso imitará a aquellos que la llaman loca. Mostrará su frustración y rememorará, ahora con algo más de humor, los malos momentos que ha pasado en estos 18 años de lucha por la igualdad de género. Disfruta con su trabajo y eso se demuestra en la hora que dura la entrevista.

En este tiempo de trabajo Malaui ha avanzado pero todavía se pregunta el porqué “las mujeres malauíes siguen siendo las más pobres del país y sólo obtienen las migajas del sistema económico”. En su batalla se ha sacado adelante una legislación de violencia doméstica aprobada por el parlamento malauí en 2006 o el cambio de ley ratificado en 2011 que favorece a las mujeres heredar las propiedades de sus difuntos maridos. Sin embargo, el impacto cultural y la mentalidad machista arraigada en el país mantiene que todavía se viva en un  estado de silencio donde los hombres, sobre todo en las áreas rurales, mantienen a las mujeres bajo supresión.

Seodi White apuesta por la educación como herramienta útil del cambio. Mantener a las jóvenes en la escuela les permite reivindicarse, no depender del hombre y alzar la voz por sus derechos. De todo esto habla la abogada en la entrevista publicada hoy por GuinGuinBali, Seodi White: “La gente sigue pensando que somos estúpidas”